Las campañas políticas, un género sangriento

Entre los libros que más están dando que hablar hoy por hoy en Estados Unidos se cuenta el de Donna Brazile, quien ocupó la presidencia del Comité Nacional del Partido Demócrata durante el último trecho de la carrera presidencial que dio por ganador a Donald Trump. Publicado hace un par de días, el testimonio de Brazile contiene información enjundiosa acerca de las jugarretas políticas de Hillary Clinton al interior de su colectividad: de cómo se apoderó de los fondos del mencionado comité nacional para asegurarse la nominación del partido (algo que iba a alcanzar de todos modos), de cómo utilizó ese mismo dinero para desprestigiar a Bernie Sanders, de cómo repletó el órgano de funcionarios leales a su persona, de cómo Brazile fue humillada e ignorada por los geniecillos y pedantuelos que comandaban las estrategias de Hillary. La revelación más sorprendente, sin embargo, es que, tras el desmayo en público que sufrió Hillary a pocas semanas de las elecciones, Brazile consideró reemplazarla –vaya arrojo– y poner a competir en su lugar a la dupla formada por Joe Biden, el entonces vicepresidente, y el senador Cory Booker.

"Ya vendría siendo hora, por ello mismo, que los insiders de las campañas chilenas, los cerebros tras tal o cual nominación, los estrategas, los iluminados, los tecnócratas, los avispados, los portavoces, en fin, todos aquellos que toman buenas o malas decisiones pero que no necesariamente son tan conocidos como los candidatos, se decidieran a publicar sus experiencias una vez ocurridas las elecciones"
Juan Manuel Vial

Obviamente que Brazile tenía el poder para efectuar una maniobra tan osada y compleja como aquella, pero, a fin de cuentas, según relata, no tuvo el temple necesario para decepcionar a los millones y millones de mujeres que veían en Hillary un símbolo histórico del empoderamiento femenino. ¿Se equivocó Brazile al dejar que los pálpitos de su corazoncito pesaran más que una amenaza que ella, a diferencia del resto del mundo, tenía más que clara (el triunfo de Trump)? Es muy probable que en ese entonces, a pocas semanas de las elecciones, la suerte ya estuviese zanjada en contra de los demócratas, y, de no haberse desatado una tormenta de nieve formidable y milagrosa en las zonas rurales del Medio Este que hubiese obligado a permanecer en casa a los votantes de Trump, el reemplazo de Hillary a última hora por razones de invalidez sólo habría creado un caos fenomenal dentro del Partido Demócrata y Trump hubiese ganado de cualquier forma.

En Estados Unidos, debo agregar, el género de memorias que analizan las campañas presidenciales fallidas o exitosas es apasionante y goza de muy buena salud editorial desde hace décadas. Ya vendría siendo hora, por ello mismo, que los insiders de las campañas chilenas, los cerebros tras tal o cual nominación, los estrategas, los iluminados, los tecnócratas, los avispados, los portavoces, en fin, todos aquellos que toman buenas o malas decisiones pero que no necesariamente son tan conocidos como los candidatos, se decidieran a publicar sus experiencias una vez ocurridas las elecciones. La información referida al funcionamientos de las diferentes cocinerías que obtendríamos los votantes sería sin lugar a dudas fascinante.

Aún así, en un medio virgen en este tipo de publicaciones, el libro de Brazile permite articular ciertas divagaciones en torno a la actual carrera presidencial. La política en Chile se discute bastante a través del columnismo periodístico, tal vez demasiado, y si consideramos que los firmantes de tales columnas varias veces no saben escribir ni expresarse con claridad, se hace difícil sacar provecho de tales lecturas. El relato de los insiders, por lo tanto, se convierte en una carencia acuciante, y el llamado por supuesto que también incluye a nuestros editores: son ellos los que deben fomentar esta clase de testimonios. Lectores, les aseguro, no faltarán.

Lo primero que me gustaría que alguien contase es cómo la gente pensante de la Nueva Mayoría no se rebeló en contra de los mediocres, los ignorantes, los obtusos, los amateurs que, guiados por un par de encuestas burdas y una sonrisilla canchera que dejaba ver muchos dientes albos –sonrisa que hoy en día no es más que un mohín de dolor–, consideraron que una carta segura de triunfo podía ser alguien tan poco preparado como Alejandro Guillier. Hubo quienes se rebelaron en privado, lo sé, pero los lectores necesitamos saber más pormenores. Útil también resultaría cualquier información acerca de quién fue realmente el individuo que dirigió la campaña de Guillier, esto teniendo en cuenta de que hasta hace pocos días, a dos semanas de las elecciones, su propuesta carecía de un elemento tan estructural como un programa de gobierno.

Consultado al respecto en un programa televisivo el domingo pasado, Guillier puso sobre la mesa un grueso documento que definió como “mi programa de gobierno”. Y luego, dándose aires de socarronería, el senador por Antofagasta preguntó al panel si alguien creía que tal mamotreto podía producirse en un fin de semana, aludiendo a que sólo días antes él mismo había dicho que daría a conocer su programa durante la segunda vuelta de la elección. Lo cierto es que a lo largo de un fin de semana bien aprovechado se puede armar perfectamente un programa de gobierno para salir del paso, principalmente pegoteando por aquí y por allá lugares comunes, inepcias y uno que otro ataque personalizado, procedimiento que el propio Guillier ha manejado al dedillo gracias a su extendida carrera como periodista y ahora último como legislador.

La mayor chambonada de la noche, sin embargo, no fue la exhibición de un programa sorpresa, ligeramente espectral a la distancia, sino la alusión que hizo Guillier, dando nuevamente muestras de autocomplacencia, a un librito que publicó a principios de año y en el que, según él, se expresaba con absoluta claridad su programa de gobierno. Quienes en su momento leímos De cara al país (http://www.latercera.com/voces/magnifico-libro-alejandro-guillier/), supusimos que, efectivamente, el pobrísimo volumen de entrevistas que le hacía al candidato su amigote Raúl Sohr era lo más sofisticado que íbamos a obtener en cuanto a programa de gobierno. Pero eso ya es pasado. Ahora quisiéramos enterarnos, por ejemplo, quién fue el genio al que se le ocurrió la publicación de aquel vergonzante testimonio. Y para que algo así suceda, necesitamos que los enemigos de Guillier dentro de la Nueva Mayoría, que sobran, estén dispuestos a debutar en un género tan sangriento y fascinante como el de las campañas políticas vistas desde dentro.  

Ver versión móvil