¿A qué va Jadue al Vaticano?

¿A qué va Jadue al Vaticano?

Yo creo –intuyo- que Sergio Jadue se sentó en la silla de su oficina, en la soledad del poder, y vio lo que tenía. Un trabajo de selecciones juveniles hecho bolsa y un campeonato de menores convertido en una chacra. Un Mundial por delante con escasas posibilidades deportivas y con un Gobierno comprometido de tal manera que está dispuesto a comprarle entradas a la Conmebol y al Comité Organizador, una medida inédita e inexplicable.

Repasó los últimos meses de la selección mayor, los crecientes gastos que demanda su preparación, la falta de renovación y el deseo de su técnico de buscar mejores aires, convencido como está que el techo de rendimiento del equipo ya fue, y que será difícil o casi imposible mantenerlo. Con una Copa América que le supone un desafío complicado, por el nivel extraordinario que tendrá la competencia. Sacó cuentas rápidamente en un papel de los premios que tiene que pagar –los que vienen y los que debe, porque los jugadores le endosaron la deuda con los que no cobraron en las eliminatorias- y se pasó la mano por la calva cabeza.

Revisó el campeonato local y, sin escuchar a los orejeros de palacio, comprendió que el nivel era malo, sin engaños ni dobleces. Sin demagogia ni sentimientos. Porque es malo y eso es culpa de la cuota de extranjeros, de una inversión grosera mal canalizada, de la avaricia de las sociedades anónimas, de la mirada complaciente del CDF y de muchas cosas más que no puede encarar ni resolver porque no tiene las capacidades y, sobre todo, porque tiene el peor Consejo de Presidentes de la historia del fútbol chileno. Mudo, inmóvil, sin debate, escondido, carente de cualquier idea, ávido de recibir puntualmente la mensualidad que permite la subsistencia. Fiel reflejo de la directiva.

Y anticipó las burlas de sus amigotes de la Conmebol luego de la participación de los equipos chilenos en la Copa Libertadores. Perseguido como es, imagina que cada carcajada en los pomposos salones del edificio de Luque irá dirigida hacia su persona, su cargo, su investidura por culpa de los papelones vividos en las últimas semanas. Justo cuando creía, de buena fe, que éramos una potencia del continente.

Se me ocurre que fue en ese momento que –en una medida tan audaz como desesperada, precisamente de esas que le dan sello e identidad- pensó en ir a ver al Santo Padre. Y llevarle, como los Reyes Magos, tres ofrendas de buena fe. Una camiseta para Francisco, una réplica de la Copa América y un peluche de Zincha, aunque no faltó el asesor que quisiera además agregarle a Rogelio, la mascota de la selección que tanto ha costado comercializar. Y ahí partirá don Sergio, atribulado y abrumado, a hincarse frente al Pontífice, a mirarle de reojo el anillo –que ya no es de oro, pensará- y a pedirle un favor pequeñito.

Le pedirá al Papa que ore. Que ore por el fútbol chileno, por las selecciones menores, por el futuro, para que aparezca el recambio, para que la suerte nos ilumine. Y le rogará, sobre todo, para que Concepción y Viña estén listos a tiempo, para que los hongos no se coman la cancha, para que no haya más huelgas, para que los asientos lleguen, para que no llueva, para que, Dios no lo quiera, haya que reprogramar la Copa.  Escúchanos Señor,  te rogamos.              


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