Brotfeld, el adelantado

Brotfeld, el adelantado

Sergio Brotfeld era un hombre de muletillas. Le gustaba la palabra “elementos”, la frase “es evidente” y solía responder, con entusiasmo, ¡sí señor!  cada vez que la invitación era a conversar de un tema. Con malicia nos burlábamos cuando respondía “yo estuve ahí, viejo” después de mencionar cualquier evento deportivo del 40 en adelante.

Era, a no dudarlo, un hombre de la vieja guardia. Rehuía las polémicas, no decía malas palabras, sabía de todas las disciplinas olímpicas y contaba anécdotas que daban cuenta de la bohemia, la amistad y las criticadas buenas costumbres  de los veteranos periodistas.

La última vez que lo llamé, hace no muchas semanas, fue para preguntarle por algunos datos del Sudamericano del 55. Y aunque, como era lógico, la memoria ya tenía lagunas, su proverbial capacidad para almacenar historias seguía plenamente vigente.

Los que trabajamos con él en las últimas dos décadas lo llamábamos “el hombre bueno”, pues debía hacerse cargo de la parte seria y protocolar del oficio. Recibía a los alumnos en práctica con un discurso motivacional que, visto a la distancia, emociona. Creía en la profesión, creía en la verdad, creía en la buena voluntad de las fuentes. Iba con alegría a cuanto evento conmemorativo invitaran, entretenía a los entrevistados con una charla apasionada pero cordial.

Sergio era, para decirlo de una buena vez, todo un caballero, en una época donde la palabra ha sufrido tanto desprestigio. Miraba con cara de reproche cuando alguno se pasaba de listo con la ironía o la irreverencia, y cuando estábamos al aire sorprendía con la capacidad de estar pendiente de todo: de las tandas, de los tiempos, de las señas, de los turnos. Nos llamó la atención muchas veces cuando tomábamos a la broma cosas que eran serias, y en el rol de sabio castigador varias veces debimos escuchar largos sermones que tenían un solo final: esto hay que tomárselo en serio. Toda una contradicción para un hombre de carácter afable y risa llana.

Su historia que más me gustaba era la de Goles y Marcas, un programa pionero en la televisión chilena –mucho antes que el Show de Goles, por cierto- que trabajaba con celuloide y moviola con un aprendiz de lujo: el cineasta Raúl Ruiz. Era un pionero  Brotfeld y dominaba, como los grandes jugadores, todos los perfiles posibles. También escribía y, digámoslo, jamás le hizo asco a la política. Era radical, ocupó cargos de Gobierno, no temía entrar a las arenas del debate democrático y la injusticia o la desigualdad lo encolerizaban más que un gol mal anulado, que es  la manera más razonable de vivir la vida.

Se fue Brotfeld y con él toda una dinastía de los medios de comunicación. Las nuevas generaciones no podrán distinguir la sutileza, pero allí donde otros serán recordados por el discurso o la memoria activa –como JM y Livingstone- don Sergio quedará en el legado como un adelantado, un pionero, un audaz innovador que estuvo en los orígenes de la tele y el video de la manera más válida: con la trascendencia de su labor.                


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