Crédito: Agencia Uno
Con la bala que quedaba

Con la bala que quedaba

A nadie le importó que la Católica repitiera el fallido esquema que utilizó ante San Luis, saltándose el mediocampo y apostando a la contundencia de los cinco delanteros que tenía en cancha ante el Audax. Nadie recordará, por supuesto, ese primer tiempo de morondanga que brindaron los cruzados, otra vez pasmados por el peso de la responsabilidad, más pendientes de lo que pasaba en Rancagua que en San Carlos.

A Mario Salas no le incomodó ganar sin respetar sus paradigmas tácticos y, por supuesto, a ningún hincha cruzado le importó el increíble arrugue de O’Higgins en su casa, dejando pasar una opción dorada que antes tuvieron Palestino, Wanderers y Colo Colo para quedarse con la Copa.

Y es que la Universidad Católica podrá decir, en esta hora de festejo, lo que más importa, aunque a veces no defina: fueron los que mejor jugaron, los que más gustaron, los más fieles al espíritu de espectáculo que el simple ejercicio del fútbol demanda.

Podrá decir Salas que fue fiel a su estilo y filosofía marginando al goleador del equipo titular sencillamente porque no le gustó su actitud tras la derrota ante San Luis. Y podrán decir, orgullosos, sus hinchas que este título lo ganaron en una definición de infarto, donde había que poner más coraje que fútbol y sustraerse a los nerviosismos que antes los congelaron.

Una cosa más. Un elogio para los doce mil hinchas que fueron a San Carlos desafiando un bochorno mayor, la burla segura, la resignación constante, porque en el fondo, en un rincón del alma, estaba el deseo de que esta tarde todo sería distinto, que el triunfo tendría el sabor de lo imposible y la épica del desquite y la venganza, que bien mirada también es una sensación grata.

Católica es campeona y es lo que basta. A los puristas –que abundan en su hinchada- no le agradarán varias cosas de este título, pero íntimamente sabrán que no están los tiempos para remilgos ni condiciones, para paladares finos y pretensiones exquisitas. Como lo dijo Salas, el más optimista de los cuestionados, todavía les quedaba una opción y la lucharían hasta el final.

Tratando de sacudirse del mote de comandante, no dijo lo que correspondía para esta historia épica escrita en la agonía: les quedaba una bala y supieron aprovecharla cuando flaqueó el enemigo. Ganar así no sólo vale: tiene incluso mejor sabor.


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