Cuando los pobres les ganan a los ricos

Cuando los pobres les ganan a los ricos

"Somos un equipo pobre, pero rico en fútbol", les gritó Michel Santos, el capitán de River Plate a sus compañeros en la boca del túnel, en presencia de todo el mundo, con las cámaras encima. En la tradicional arenga uruguaya a punto de saltar a la cancha, el líder de un modesto equipo charrúa apelaba a lo que más duele: ganarle al grande, al poderoso, al millonario. Derribar al gigante, que es la postura que más les acomoda en este tipo de duelos.

Es verdad. River Plate se financia la mitad del año con lo que gastó la U en contratar a Monzón. Es un equipo que vive de la venta de jugadores, y no —como la mayoría de los clubes chilenos— de la compra indiscriminada de jugadores que consiguen en el cajón de los saldos en el mercado sudamericano. Una de las excusas que entregó Carlos Heller, el presidente de la Universidad de Chile, fue que sólo habían podido contratar a tres refuerzos para afrontar la Copa Libertadores, "y privilegiamos la defensa".

La eliminación de los azules —que le duele al fútbol chileno en general— no sólo está motivada por la garra del rival, sino por increíbles errores propios. El principal es la falta de convicción de Sebastián Beccacece para conformar un equipo, cayendo en la trampa de buscar erráticamente la mejor fórmula para llegar al gol…sin conseguirlo. No sólo cambio la táctica inicial, sino que modificó el equipo a poco comenzar el partido y los cambios que realizó fueron inentendibles, lo que puede pasar, pero no en un pleito donde tu equipo se juega la temporada internacional, casi dos millones de dólares y la tranquilidad para afrontar el resto del semestre.

Las ansiedades de la dirigencia azul —en el tema del estadio y la competitividad internacional, dos pilares de las promesas de Heller— tienen que tener un freno cuando se trata de Beccacece, una apuesta arriesgada para un cuadro de esta envergadura. Con 35 años, toda su experiencia laboral se limita a la ayudantía de Sampaoli, y por eso mismo hay que darle tiempo para el aprendizaje y, sobre todo, para el fracaso. Eso, que habitualmente se hace en equipos de menos tonelaje, necesita pausas y tonos distintos a los que empleó el nuevo entrenador, que llegó a las patadas con el cuerpo técnico anterior y la ANFP, en otro error de procedimiento.

En el dolor de la derrota los tiempos siempre apremian, por cierto. Recriminar ahora sobre la conformación del plantel o las estrategias de juego podría ser abusivo, pero necesario para un equipo que tiene urgencias, partiendo desde la cabeza.


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