Crédito: Reuters
Cuando el terror viene de afuera

Cuando el terror viene de afuera

La tentación de utilizar el deporte como vehículo para el terrorismo ha sido constante desde que en 1972, Septiembre Negro atacara la Villa Olímpica de los Juegos de Munich. Desde entonces los ojos del mundo han estado alertas en cada evento planetario para prevenir lo que parece lógico: generar el terror sangriento en momentos de masivo interés.

La ficción ha ido -como suele suceder- más lejos que la realidad. Son muchas las películas hollywoodenses que -desde “Domingo Negro”- han ubicado el blanco de los extremistas en un estadio lleno. Hasta ahora, sólo las maratones de Boston y Sri Lanka han sido víctimas de cruentos ataques que han provocado víctimas inocentes y repudio masivo, pero la amenaza está latente en cada Mundial o en los Juegos Olímpicos, que desde Atlanta ’96 (donde hubo otro atentado) han militarizado el control de las ciudades.

En los últimos años hay facciones islámicas que consideran que el fútbol -a veces el mero hecho de presenciarlo a través de la televisión- son motivo de ajusticiamiento. El caso de Boko Haram en algunas regiones de Nigeria o de estados bajo una guerra civil como Mali o Somalía son los ejemplos más claros de que ser un fanático te puede costar la vida.

El problema específico del fútbol, en cualquier lugar del planeta, es que ha sido capaz de generar su propio horror. Las barras bravas y la mala planificación policial se han traducido en tragedias como las del Hillsborough o Heysel, y las calles de las principales orbes del planeta han sido escenario en más de una oportunidad de tanta violencia que son capaces de sembrar el terror por sí mismas. Recuerden Valparaíso cuando Colo Colo se proclamó campeón hace un año.

Poco antes de la última Eurocopa una serie de violentos atentados contra gente inocente en las inmediaciones del Stade de France conmovieron al mundo, pero no pudieron ser asociados directamente con el fútbol porque la matanza masiva ocurrió en un recital. El torneo finalmente se jugó bajo un eventual estado de militarización de las plazas. Lo ocurrido en Dortmund todavía tiene una indefinición en su rótulo, ya que podría ser un delito terrorista que pretendía aniquilar a un grupo de connotados futbolistas, o bien podría tratarse de uno más de los actos demenciales de los fanáticos futboleros.

Mientras aquello se determina, la competencia sigue girando, aunque está claro que los peligros son cada vez mayores, debido a la alta crispación que han alcanzado las relaciones internacionales por el tema de Siria o simplemente por los niveles de inmigración que han desatado los nacionalismos.

En otras latitudes las autoridades y la sociedad lograron controlar el flagelo del hooliganismo, pese a que, esporádicamente, resurge en desmanes menores precisamente en la Champions, donde los controles internos no pueden operar y las hordas toman identidad propia.

La alerta que levantan los sucesos de Dortmund es que el peligro está vivo y es muy complicado combatirlo. Porque los métodos terroristas tienen mecanismos cada vez menos detectables y porque, seamos honestos, la violencia propia del fenómeno futbolero poco sirve para individualizar donde está el enemigo.

 


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