Crédito: Agencia Uno
¿Dónde está José Roa?

¿Dónde está José Roa?

Como una cruel paradoja, el clásico que enfrentará a las peores expresiones futbolísticas de Colo Colo y la Universidad de Chile de los últimos años es el que más encendido estará en las tribunas.

Las barras bravas de albos y azules no están enardecidos con sus técnicos, jugadores o dirigentes por los pobres rendimientos sino que, por el contrario, parecen sostener a las concesionarias en su permanente afán de experimentación con sus millonarias inversiones. Por alguna razón explicable pero indeterminada, han decidido convertir este enfrentamiento en la madre de todas las batallas, como si un triunfo en las calles les devolviera la prestancia perdida en la cancha.

Habrá un estado de guerra en el Monumental. 800 Carabineros y 400 guardias privados se encargarán de darle marco a la confrontación, amenazada por el ánimo de revancha de ambas barras por la muerte de dos de sus miembros en hechos de violencia directamente vinculados con la rivalidad. Hubo públicas amenazas al Intendente Orrego de parte de la Garra Blanca y la negativa para autorizar un “festejo” por los 30 años de la creación de la organización desatará un desafío a la autoridad pocas veces visto en el país.

"La Moneda creó un organismo para encargarse del tema que se llamó, eufemísticamente, Estadio Seguro. Obviamente fracasó en su intento"

Demás está decir que Colo Colo está dispuesto a prestar su estadio, su equipo, su técnico y su capacidad negociadora para cumplir con el capricho violento de sus hinchas, tal como la Universidad de Chile arrendó el Estadio Nacional y puso a disposición a su equipo para el acto masivo programado para el sábado, como si alentar a los equipos en medio de sus paupérrimos números fuera un acto de orden institucional.

La concomitancia de los propietarios de los clubes no sólo es manifiesta, pública y desembozada, sino también la de los técnicos y jugadores. Esteban Paredes, por ejemplo, no había enfrentado los micrófonos en este torneo para referirse a la pobre campaña, pero resucitó para desafiar a la autoridad política diciendo que a los hinchas de su club siempre le ponían problemas para los arengazos.

Uno podrá comprender que los dirigentes de la ANFP se escondan detrás de las frases hechas y de buena crianza cuando de encarar el tema de la violencia se trata. La venta de entradas para este tipo de espectáculos es una mascarada irritante y triste, amparada por las instituciones donde el hincha común termina enfrentado con barristas y Carabineros, la tecnología de las tiqueteras en ridículo y los boletos en manos de los mismos de siempre, sin que sepamos con certeza qué tipo de mecanismos emplean los violentistas para llegar, antes que nadie, a la lucha por adquirirlos.

Hace algunos años, cuando se intuía hasta dónde íbamos a llegar (a este punto exacto en que estamos ahora), La Moneda creó un organismo para encargarse del tema que se llamó, eufemísticamente, Estadio Seguro. Obviamente fracasó en su intento, al punto que hoy ya no aparece en el debate público. José Roa, su actual director, se entusiasmó con la creación de rigurosos procedimientos y pomposa verborragia en hacernos creer que los clubes estaban a cargo, que lo importante era el ingreso de los “elementos de animación a los estadios” y que, más temprano que tarde, la familia podría volver a los estadios.

Con la batalla desatada, la autoridad amenazada, el clásico “militarizado” y los dirigentes emparentados con los violentistas, me gustaría volver a escuchar el balance de la autoridad política. Es hora del retorno de José Roa, a no ser que la invisibilidad que afecta al Ministerio del Interior lo haya también afectado a él.


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