Crédito: Agencia Uno
Durmiendo con el enemigo

Durmiendo con el enemigo

Azul Azul, bajo el mandato de Carlos Heller, se ha especializado en poner condiciones casi inaceptables para sus técnicos. A Sebastián Beccacece le exigió ser campeón y le impuso a Luis Bonini como asistente para no finiquitar anticipadamente su contrato. Finalmente igual lo echaron antes de tiempo, pero la situación en que mantuvo al ex asistente de Sampaoli fueron lesivas para su liderazgo, y eso lo supo todo el mundo.

A Víctor Hugo Castañeda lo trajeron con la obligación de clasificar a una copa internacional, le impusieron una dupla técnica y el final es conocido: se fue pese a que, en los papeles, había cumplido la tarea encomendada. El ex volante debió estructurar un discurso acomodaticio, llena de contradicciones por el pie forzado de su contrato, que, como todo el mundo sabía –menos la dupla- era apenas por seis meses.

Ahora llegó el turno de Guillermo Hoyos, quien incluso antes de comenzar el torneo sabe que tiene como jefe directo a otro entrenador activo, que fue candidato a sentarse en la banca, que quería seguir dirigiendo como horizonte profesional y que, además, tiene una relación de amistad con el presidente del club. Si hay algo que supone presión desde el arranque es la que le han impuesto al trasandino, que sabrá desde el principio que la carta alternativa está en la oficina de al lado.

Para el mismo Ronald Fuentes será incómodo su rol de gerente técnico, en el trabajo práctico y en su rol de vocero de las grandes decisiones. Si las cosas no andan bien, será obvio que tratarán de pasarle el fierro caliente, que en las reuniones de directorio lo mirarán como la alternativa obvia y cómoda de continuidad. Sabe lo que hay cómo se trabaja, dónde están los errores, conoce el funcionamiento interno y, además, tiene línea directa con el jefe. Sería lógico que Hoyos, a partir de ahora, camine con más sigilo por el CDA, con la sensación de que un fantasma lo persigue.

No parece sensato que Fuentes, recién iniciado su camino como director técnico, renuncie a él para dedicarse a labores más administrativas que de campo. Si así fuera, sus alas profesionales se cortaron cuando aún ni se ponía a volar, lo que supone una renuncia, o un proceso de aprendizaje, un paréntesis a su real vocación. Por lo que alcanzó a mostrar en Universidad de Concepción, ojalá el paso que ha dado sea sólo circunstancial, pero desearle eso también es querer el fracaso de Hoyos, lo que nos deja donde mismo.

Especialistas en dispararse en el pie, los dirigentes de la institución no podrán ver, seguramente, la contradicción de lo que han hecho. Y creerán que la crítica es injusta. Para decírselo en simple: se han obligado, otra vez, al éxito inmediato. Apenas el viento venga en contra, la paciencia será breve. La solución está a la mano. Y ellos mismos la llevaron.


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