El balance de Río 2016: No me moleste, mosquito

El balance de Río 2016: No me moleste, mosquito

Bárbara Riveros, Ricardo Soto, María Fernanda Valdés, Tomás González y Natalia Ducó podrán volver de Río de Janeiro con la sensación del deber cumplido. Porque se metieron entre los diez mejores del planeta, respondieron a la expectativa generada, podrán agradecer a todos los que les ayudaron a ilusionarse con algo un poco mejor y que no llegó, por distintas –y en su caso- justificadas razones. 

La participación chilena en los Juegos del 2016 finalizó, al igual que en Londres, sin podios. Hace cuatro años se rozó el medallero con la gimnasia, y esta vez los puristas reclaman que hubo más “diplomas olímpicos”, lo que en el balance también cabe, aunque sólo sirva para maquillar un balance que nos llevará, otra vez, a buscar las razones para tan opaco desempeño.

Es un ejercicio ya conocido y demasiado reiterado cada cuatro años. La falta de políticas deportivas, el nulo nivel de competencia interna, el biotipo, la carencia de incentivos y cobertura periodística y el escaso nivel directivo en las federaciones van a salir una vez más a la palestra.

La sola posibilidad de cuestionamientos para quienes han participado y decepcionado suele irritar a quienes sostienen que “basta con llegar”, por el esfuerzo que implica ser un deportista olímpico. Será muy difícil argumentar a favor de Edward Araya, de Kristel Kobrich o Francisca Crovetto, que por experiencia y madurez deberían al menos mantener sus marcas en estos Juegos. El histórico aporte de mil sesenta millones de pesos para apoyar la preparación de la delegación, más la consolidación del plan ADO - que debería haber comenzado a dar frutos en este período- se pondrá en la balanza para lamentar que Chile no estuviese más arriba en la tabla de Río.

Objetivamente, hubo muchas excusas y poco de donde aferrar la ilusión.

Parece un buen momento para plantearse cambios de fondo, sobre todo si se discute de “educación de calidad”, donde el aporte de la enseñanza pública parece tan escaso debido a sus increíbles carencias. La inmensa mayoría de la representación chilena proviene del sector privado y de su sistema de competencias, mientras que la labor formativa del Estado es tan precaria y débil que argüir la inversión en el alto rendimiento (en momentos en que los recortes al Ministerio del Deporte son la norma) suena a despropósito. Cuando se hable de reforma, la infraestructura y la vergonzosa educación física de los colegios fiscales debería ser un tema prioritario.

Mientras tanto, habrá que admirar a Bolt y a Phelps, a Mo Farah y a Simone Biles, al digno esfuerzo del pueblo brasileño por hacer unos Juegos que ni los sobre-anunciados mosquitos, ni las críticas condiciones políticas ni la delincuencia consiguieron opacar, por más empeño que pusieran los nadadores estadounidenses.


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