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El día en que Fidel me echó

El día en que Fidel me echó

En 1985 figuraba trabajando para el diario La Nación, bajo las órdenes de Héctor Vega Onesime y con uno de los mejores equipos periodísticos que recuerde, lo que era un atenuante para el hecho de depender directamente de la dictadura, ya que era el diario oficial del gobierno de Pinochet.

En secreto decidí ofrecerme para militar en la revista Análisis, pero bajo un seudónimo que eligió José Carrasco, quien luego sería asesinado cruelmente por la CNI. Pepe me bautizó como Tulio Angelotti, y fue así como semanalmente aparecía firmando crónicas deportivas. Por un sueldo simbólico, obvio, porque se trataba de expiar mis culpas.

Lo hice por casi dos años, sin problemas. Hasta que un día, sorpresivamente, fui convocado por primera vez a la oficina del director de la revista. Allí me esperaban, con cara de pocos amigos, Juan Pablo Cárdenas, Felipe Pozo y Fernando Paulsen para decirme, de entrada, que venían llegando de Cuba.

Me explicaron, con algo de rencor y contenida rabia, que habían viajado para entrevistarse con Fidel, quien era un fiel lector y admirador de la revista, que le llegaba todas las semanas y a través de la cual se enteraba de la actualidad chilena. Tenían, por supuesto, muchas ganas de hablar con el Comandante de diversos e importantes temas, pero me relataron una situación muy distinta. Apenas cruzaron el umbral se encontraron con Castro increíblemente irritado con Tulio Angelotti. O sea, conmigo. Y, de paso, con ellos.

La cuestión era que, por aquellos años de Perestroika e inminentes cambios políticos, otra vez el ajedrez era un reflejo de los tiempos, como lo fue el match de Fisher con Spassky durante la guerra fría. Ahora el duelo era entre Karpov y Kasparov, y al cronista se le ocurrió insinuar que el primero era el representante de la vieja guardia soviética, anquilosada y sectaria, que se había quedado en un nostálgico e inservible pasado. Y que, por el contrario, Gary era el símbolo del cambio, de los nuevos tiempos, un genio de mente abierta que reflejaba la renovación que vendría.

A Fidel, amante de los deportes pero sobre todo del ajedrez, el artículo en cuestión lo atragantó, dijeron. Y consideró necesario darles una larga charla sobre el tema, intercalando cada cierto rato, algún adjetivo soez hacia el inculto y antirrevolucionario Angelotti, mal parido que no sé que hace en su redacción, compañeros.

Pasado el huracán, aparentemente, Fidel dio por terminada la entrevista y a la luz de las caras en la reunión, el tono del reproche y la nula reacción hacia mi modesta renuncia ante tanta molestia generada, los efectos habían sido desastrosos. Tuve que reprimir la risa que me provocaba la situación porque entendía el daño absurdo e involuntario que había provocado.

Salí a la calle Manuel Montt con una sensación extraña. Me dolía dejar la revista, la amarga reunión y el perjuicio causado, pero en el fondo no podía disimular el orgullo de ser el autor de un artículo que provocó debate y discusión. ¡Fidel estaba en contra de lo que había escrito y se tomó su tiempo (mucho tiempo, parece) para argumentar el por qué! 

Después me topé muchas veces, claro, con Cárdenas, Pozo y Paulsen, pero nunca volví a tocarles el tema. Imagino la incomodidad que sintieron y nuevamente les pido disculpas por el involuntario estropicio.

Fidel no me echó porque en rigor me fui solo, sin que nadie me lo pidiera.  Lo que sí es un hecho es que sepultó para siempre a Tulio Angelotti. Un gallo que, seamos honestos, nunca entendió que con la causa no se juega.


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