Crédito: A. Uno
El equipo cacho

El equipo cacho

En las rarezas que ya son parte del folclore futbolístico nacional, Cobresal –por razones de fuerza mayor- está haciendo de local en Santiago en el momento más importante de su historia, contradiciendo parte su esencia primordial: es un cuadro fundado y mantenido para representar a un puñado de mineros que requería y requiere de un poco de identidad.

Los hinchas de Cobresal son muy pocos por una razón obvia: el campamento es muy chico. Por obligaciones de Copa Libertadores en los ochenta, tiene un estadio con capacidad superior a la población del pueblo.

Allí metió veinticinco mil personas sólo una vez: cuando la U fue campeón en 1994. Hoy viven apenas seis mil personas en El Salvador y vienen, la inmensa mayoría, de otras latitudes.

"Cobresal –por razones de fuerza mayor- está haciendo de local en Santiago en el momento más importante de su historia."

Cobresal es, desde hace rato, un “equipo cacho” para la industria. Al CDF le sale caro y poco rentable transmitir sus partidos, al resto de los equipos le parece una lata ir a jugar en despoblado y en altura, su promedio de asistencias es el más bajo del fútbol chileno y sus costos operacionales deben estar entre los más elevados porque todos sus viajes son largos.

No es sociedad anónima y difícilmente lo será, porque a nadie le interesaría invertir en él. Es, y seguirá siendo, un cuadro ligado a Codelco, con todo lo bueno y lo malo que eso significa.

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Tal como le aconteció a O’Higgins, la oportunidad histórica de ser campeón por primera vez le llega asociada a una tragedia (a los rancagüinos se les murieron hinchas fieles en la carretera) y con la imposibilidad de jugar en casa como locales. Y, en otro contrasentido, la estrella que no llegó cuando tuvo a sus mejores figuras (Zamorano, Salgado, Martínez, Lobos, Pedetti) podría caer ahora cuando su plantel es modesto en nombres y generoso en esfuerzo.

Si las cosas se dan favorablemente para los de Dalcio Giovanoli, el partido clave para coronarse puede ser contra Barnechea, que en circunstancias normales debería llevar, como mucho, a 250 personas. Quizás ahora tampoco lleve más –convirtiéndose en una suerte de récord mundial de la vuelta olímpica con menos gente- dependiendo de dónde se juegue.

"Si en dos semanas más el club, los jugadores, el cuerpo técnico y las autoridades deciden que no puede ejercer localía en su estadio, estaremos viviendo otro contrasentido inexplicable."

Si en dos semanas más el club, los jugadores, el cuerpo técnico y las autoridades deciden que no puede ejercer localía en su estadio, estaremos viviendo otro contrasentido inexplicable.

Cobresal debe hacer el mayor de los esfuerzos para mantenerse al tope de la tabla. Amortiguar la ansiedad, frenar la irregularidad que ha consumido a otros equipos este año y hacerse fuerte en sus convicciones.

Pero su principal tarea es esmerarse hasta el límite para jugar el partido que le queda como local donde corresponde: en la altura de El Salvador. En su propio estadio, con su gente, con los cerros pelados como decorado. Como suele decirse, podrá ser una escenografía modesta, pero es la suya. Y en particulares condiciones.

Quizás, como un guiño del destino, algo les está diciendo que este Cobresal puede ser, desde ahora y para siempre, el equipo de Copiapó y Chañaral; de Tierra Amarilla y Los Loros; de Paipote y Diego de Almagro. De un norte más grande y más amplio que hoy necesita épica, orgullo, identidad y esperanza.

En su hora crucial, Cobresal tiene que demostrar que estará a la altura.


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