Crédito: A. Uno
El fútbol prohibido

El fútbol prohibido

Los integristas, ya se sabe, desprecian el fútbol. Como muchos de los autoritarismos, consideran que es un opio para el pueblo. Un distractivo innecesario, una trivialidad nociva, un juego burgués.

Nada retrata mejor esa realidad que Timbuktú, la coproducción de Francia y Mauritania, dirigida por Abderrahmane Sissako, que postula este año al Oscar como mejor película de habla no inglesa.

La cinta narra los días de terror tras la dominación islamita radical en Tombuctú, la mítica ciudad de Mali tomada por las fuerzas de Ansar Dine en el 2012. En el período que medió hasta la llegada de las tropas francesas, el fútbol estuvo prohibido en las calles, so pena de 20 latigazos a los infractores.

Incluso así, los niños escenificaban una coreografía, donde jugar sin pelota era la fórmula utilizada para burlas la severa vigilancia de los opresores.

En estos días en que la BBC nos entregó una herramienta para comparar nuestro sueldo con el de los mejores jugadores de la Champions League (como una manera de enfatizar la desigualdad, supongo) rescatar al fútbol como un modo de lucha contra el fanatismo y la dictadura es una reivindicación potente contra un mercado donde ni el origen de los fondos ni los propósitos del espectáculo parecen tener demasiado sentido.

Vista de esa manera, la muerte de 22 hinchas en Egipto tras violentos incidentes contra la policía, o los graves desmanes en Guinea Ecuatorial durante el desarrollo de la Copa Africa -cuando el equipo local perdió su paso a la final- responden sólo a la lógica del vandalismo, del enfrentamiento tribal, de la manifestación social como vía de escape al descontento, a la injusticia, a la supresión de los derechos ciudadanos. No hay heroísmo tras esas muertes. 

En Chile, mientras tanto, el debate está centrado en las cosas pequeñas, con el perdón de Leandro Benegas, el delantero de la U que decidió hacer del festejo un ritual a su genitalidad, precisamente frente a una barra que otra vez manifestaba su descontrol con agresiones a los guardias y Carabineros.

En esa extraña comunión que existe entre los futbolistas y los barristas más desbordados, el argentino, tras marcar un gol descomunal de chilena, quiso compartir la euforia “poniendo los huevos”, que es la manera más fácil, arcaica, rudimentaria y equivocada de ver el fútbol.

"Pocas veces se ha ganado sólo poniendo huevos, porque la estrategia, la táctica, el ordenamiento vienen más de la cabeza y los músculos que de los testículos."

Pocas veces se ha ganado sólo poniendo huevos, porque la estrategia, la táctica, el ordenamiento vienen más de la cabeza y los músculos que de los testículos. De hecho, tras su gracia, Benegas obligó a su equipo a una labor ardua que sólo encontró el empate en un gol viciado.

Algo parecido le está pasando a Mario Salas, un gran técnico que ha logrado, en poco tiempo, virar a la UC con despliegue, presión y temperamento, pero que en el afán de despertar la bestia dormida de los cruzados, lo reclama todo, lo discute todo y transforma cada cobro, por pequeño que sea, en una escandalera. 

Mirando el panorama global, nada parece sencillo. Ni las grandes manifestaciones ni los pequeños gestos. Pero vendría siendo hora de poner al fútbol en el adecuado contexto. Aquel que sirve para las luchas épicas y el que permite, que por un par de días, el tema a discutir sean las gónadas de Leandro.


Lo más visto en T13