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El hombre que se creía Dios

El hombre que se creía Dios

Joao Havelange patentó la idea de que la FIFA tenía más países afiliados que la ONU para refrendar que -ahora sí- en su imperio jamás se ponía el sol. En la gran paradoja de su gestión, logró “profesionalizar” el fútbol hasta transformarlo en una industria universal, millonaria y de primera necesidad, pero para conseguirlo estableció vínculos impropios con empresas, países y personas que consolidaron el tinglado perfecto para enriquecer al organismo, a sus dirigentes y a los intermediarios.

El brasileño fue el líder de una secta pública pero cerrada, con funcionarios uniformados y fieles, con inmensos e invasivos tentáculos, que se alimentó del terror y la abundancia. Ingresar al selecto grupo de adoradores supuso una lista de generosos privilegios y prebendas, de generosas dádivas y de honores inalcanzables. Don Joao se paseó por el mundo como un ser intocable al que era necesario reverenciar en nombre de la religión y del poder de la industria más extendida en el universo: el fútbol.

"En la hora del adiós, serán pocos los que se atreverán a alzar la voz para defender el legado de orden y prosperidad que produjo su dictadura, porque como suele ocurrir en estos y otros casos, el pecado es inmensamente más grande que la virtud"

Rodeado de su séquito sentó las bases inamovibles del fútbol moderno, con un manual de estilo que imponía un protocolo férreo, una disciplina inconmovible, una justicia implacable. La FIFA tiene sus rituales que le han permitido sobrevivir incólume a las peores crisis, haciendo la pantomima del cambio para que todo siga igual. Blatter siguió fielmente su legado -que tuvo el mismo final de corruptela y vergüenza-  y le entregó el testimonio a Gianni Infantino, demostrando que las bases de esta iglesia son perennes.

Havelange no pudo evitar, sin embargo, su propia caída, porque nadie -ni el más poderoso hombre de la Tierra- está libre de la envidia, el soplonaje y la delación. Para salvar su propio pellejo Blatter lo dejó caer, como luego todos los besamanos hicieron con él.

Ahora, en la hora del adiós, serán pocos los que se atreverán a alzar la voz para defender el legado de orden y prosperidad que produjo su dictadura, porque como suele ocurrir en estos y otros casos, el pecado es inmensamente más grande que la virtud. Habrá minuto de silencio -por supuesto- para don Joao, pero hay que tomarlo como corresponde: el agradecimiento de la feligresía devota -que sigue en sus puestos, ya se los dijimos- por los favores concedidos. Nadie con decencia o en su sano juicio estará dispuesto a respetarlo. Sería sano que en Quilín se ahorraran el papelón.


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