Crédito: Agencia Uno
El infierno son los otros

El infierno son los otros

En la Venezuela de hoy las billeteras no sirven. Cien dólares equivalen —en el mercado negro— a ochenta y cinco mil bolívares, y el billete más grande es de cien. Por lo tanto, hay que andar con unos fajos enormes, como forajidos de spaghetti western. Fajos que, en todo caso, se van muy rápido, porque todo cuesta en miles.

Si la selección llanera eligió Barinas para enfrentar a Chile es porque —por condiciones climáticas— es lo que más se parece al infierno. La temperatura se acerca a los 40 grados en el día y no debe existir una ciudad en este país que esté tan alejada de la modernidad. Hay pocos hoteles, poca conectividad, poca agua y muchas carencias de todo tipo.

Todo por estos días huele acá a leña quemada, por los gigantescos incendios forestales que devastan sin control grandes regiones del país. La revolución venezolana está puesta a prueba no sólo en los salones del Congreso, sino también en la vida cotidiana, en un afán de progreso que muchas veces topa con inmensas limitaciones. El enemigo del momento es Mauricio Macri, el presidente de Argentina, que cortó los recursos para Telesur, el ambicioso proyecto comunicacional de Hugo Chávez.

En una nación que invirtió generosamente en grandes estadios e infraestructura deportiva recién en el 2007, resulta contradictorio que esta sea la sede elegida para batir a los chilenos. Desde el punto de vista estadístico es irreprochable. Aquel empate frente a la selección de Azkargorta es el último punto rescatado por la Vinotinto en condición de local ante Chile. Y ahora esperan un resultado que los devuelva a la carrera, pese a los problemas internos de la escuadra de Sanvicente.

Acá, en la Venezuela profunda, el equipo de Pizzi tiene un doble desafío: mantener la paternidad y hacer caso omiso al ambiente. Al caluroso infierno que le propone el rival.


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