Crédito: Agencia Uno
El Johnny, Dios y la adoración al Twitter

El Johnny, Dios y la adoración al Twitter

Honestamente, nunca me interesaron las declaraciones de Johnny Herrera. Sé que es un buen arquero, pero también que hace mucho rato –aún antes del  lamentable accidente que le marcó la vida- adoptó la medida de defenderse atacando, sin medir palabras ni consecuencias. Igual dos declaraciones suyas me llamaron la atención en las últimas semanas. En una confesaba que de niño le gustaba la Universidad Católica, y que su verdadera pasión era ser “anticolocolino”. La otra, que había perdido siete años con la selección chilena, y que a estas alturas ya había resignado la lucha por la titularidad.

Sostuve y sostengo que sus declaraciones tras jugar en el Monumental –contra el estadio, su gente y Felipe Flores- ameritaban una mirada similar a las que tuvieron las de Julio Barroso y no me extraña –porque es un provocador sin frenos- que para amostazar a Vecchio le pegara donde más duele: en su relación con Dios. El argentino es otro especialista en el arte de sacar roncha, pero casi siempre su discurso es futbolero, y su hiere lo hace con referencia a la cancha. Hasta que, para contestarle al de la U, utilizó la fuerza desmedida. No puso la otra mejilla y creo, cometió un pecado que ameritaba  una penitencia. Como cuando enfermó a su hermana para llegar tarde a los entrenamientos de Unión Española.

"La actual polémica del fútbol chileno responde a los nuevos tiempos: no tiene Dios ni ley, es vana y superficial, increíblemente violenta y sin sustancia"

Que todo el mundo haya salido a pedir perdón (por escrito, con palabras que sonaban más a abogados que a sentimientos) no es inusual ni extraño en el mundo del fútbol, donde se piensa poco lo que se dice, donde se rehúye la entrevista profunda e individual y donde los “referentes” de hoy sufren las consecuencias de la época: poca profundidad, más efectismo que análisis, líderes que buscan el apoyo de una masa irreflexiva, prepotente, agresiva y sin argumentos.
    

Los grandes ídolos históricos en Chile y otras latitudes se hicieron con gestos, talento, actuaciones notables pero, sobre todo, porque supieron interpretar el sentimiento de su propia hinchada, que los siguió como intérpretes de un vínculo que siempre tiene un matiz sentimental. Hoy, cuando las ideas tienen que expresarse en 140 caracteres y ponerle un micrófono a un hincha sólo sirve para que dispare una serie de diatribas e incoherencias que suelen terminar con un grito destemplado, los héroes son expresión de lo básico: no requieren de la exaltación de lo propio, sino a la descalificación de lo ajeno.
    

La actual polémica del fútbol chileno responde a los nuevos tiempos: no tiene Dios ni ley, es vana y superficial, increíblemente violenta y sin sustancia. En otras palabras, profundamente pelotuda.


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