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[FOTOS] Adidas Finale 15, el balón oficial de la Champions League 2015-2016

El limbo (y la gran mentira del himno de la Champions)

Siete serán los chilenos que este año irán por la Champions. Un torneo que, en rigor, ya estuvo en nuestras manos con Claudio Bravo en el Barcelona, aunque, por esas estadísticas estúpidas que suelen fatalizarnos, el capitán de la selección no jugara ni un solo minuto en el torneo pasado, quedando en una suerte de limbo futbolero frustrante e inexplicable.

La Liga de Campeones de Europa es un torneo apasionante. El mejor del mundo a nivel de clubes. Más cautivante que cada una de las ligas individuales de ese continente y más brillante y seductor que la Copa Libertadores. No hay un certamen con más inversión en el planeta, y se han escrito leyendas en torno a sus finales más míticas. ¿La mejor? La del 2005 que el Liverpool le dio vuelta al Milán en Estambul ya tiene dos películas a su haber. ¿La peor? Por fútbol y por las consecuencias, la de Heysel en 1985. ¿La más cercana? Se jugó en el estadio San Nicola de Bari en 1991 entre el Estrella Roja y el Olympique de Marsella, con empate a cero. Los yugoslavos (aún) ganaron la definición a penales para enfrentar a nuestro Colo Colo en el partido más célebre que haya disputado un equipo chileno en la historia.

La Champions me sobrecoge por su puesta en escena, y ahora que Europa es la gran vitrina del fútbol, por la inmensidad y policromía de sus planteles. Porque es una gran feria donde se muestran los mejores ejemplares, pero además se contrastan los estilos. Olvidado debe estar el Chelsea que de la mano de Roberto Di Matteo ganó el 2012, con pragmatismo y poco brillo. Tanto, que ni el técnico ni Didier Drogba, su mejor figura, se apuntaron en la elección para los mejores del año en esa temporada.

La música que acompaña al trofeo desde el año 92 es una historia en sí misma. Suele creerse que es Zadok The Priest, la célebre composición de Georg Handel escrita para la coronación de Jorge II en Gran Bretaña en 1727, pero eso no es completamente correcto. El compositor del himno del trofeo es, en rigor, Tony Britten, un británico de currículum mediocre que tiene como principal mérito ser el arreglador del tema musical de Robocop. Cuando le encargaron la tarea de crear una música para el certamen tomo a Handel y lo adaptó, creando una letra que merecería un juicio público por lo simplona y discriminatoria.

“Die meister, die basten; les meilleures equipes; the champions” dice la parte principal de su coro. O sea, los mejores en alemán, francés e inglés, lo que estaría muy bien si no consideramos que entre españoles e italianos –cuyos idiomas no aparecen ni en una sílaba del himno- han ganado más trofeos que los elegidos por Britten.

Hoy Arturo Vidal prometió tatuarse el ánfora si lo gana con el Bayern, lo que suena medio injusto porque no se ha tatuado la Copa América, que sepamos. Y debimos volver a reflexionar sobre la mala suerte de Pellegrini con los sorteos y los penales en la Champions, que este año espera tenerlo más protagonista con el City. Y, para seguir en el limbo, Ter Stegen (el hombre que nos arrebató la orejona postergando a Bravo) fue premiado por la mejor tapada del certamen pasado. Hay que sacarse esta mufa.


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