Crédito: Agencia Uno.
El pecado de la carne

El pecado de la carne

No se me ocurre una historia más desbocada que la de Universidad de Chile. Cuando Johnny Herrera ironizó —refiriéndose al archirrival— diciendo que se "caía a pedazos", no imaginó el devastador efecto que la frase tendría en su propia hueste. Y en su turno de capitán.

Como suele suceder, la historia oficial sólo habla de despidos y no de razones. A los cinco descarriados que sirvieron para "limpiar el camarín" los pudieron echar por faltas reiteradas, por organizar un asado en tiempos de crisis, por curarse, por seguir la fiesta en el barrio alto, por llevar un bus repleto de mujeres o por mancillar el buen nombre de la comuna de La Pintana, donde la U pretendía competir en popularidad con los albos. O por todas las anteriores.

Por lo pronto, otra vez quedó de manifiesto el poder de las redes sociales. El asado con ventaja todavía no terminaba cuando ya circulaban profusamente las fotos. De la carne (de res) en la parrilla, de los hinchas encarando a los jugadores, del plantel citado al evento, de los bebestibles a disposición. De las señoritas invitadas no pudo salir "la filtración", porque ya quedó establecido que les quitaron los celulares apenas se bajaron del transporte dispuesto, por lo que siguen como sospechosos (sujetos a sanción si se pudiera aplicar la nueva ley) los mismos jugadores o los forofos iracundos que llegaron sin invitación.

Es sabroso —tanto como la carne (de res) llevada al evento— seguir los entretelones del caso por las recriminaciones posteriores entre algunos jugadores, o las explicaciones que dio el mismo Johnny a los hinchas que fueron…¡a apretarlos! al lugar de entrenamiento, o las maromas de Beccacece para equilibrarse entre la renuncia al club y la renuncia a los derechos suscritos en su contrato. Lo concreto es que la U entera es por estos días una casa de remolienda donde parecen haberse perdido los modales, la compostura y las buenas costumbres. Y no lo decimos sólo por las señoritas del bus.

La absurda comedia que montaron los dirigentes y el entrenador al término del proceso anterior fue el inicio de una grotesca representación en que faltan los actores más serios de la institución. Con Carlos Heller como controlador —con familiares, ex jugadores y bufones incondicionales instalados en el directorio— no existe al interior de Azul Azul ni una pizca de oposición, aquella que tan ponderada y firmemente ejerció el mismo Heller cuando sus antecesores estaban en el cargo y a él todavía no le alcanzaba con sus ganas y su  fortuna para quedarse con el poder total. Demás está decir que de los representantes de la casa de estudios no se ha sabido más desde que se sacaron la foto con la maqueta del estadio en Carén.

La caída libre de los azules es dolorosa, por la manera en que se produce. De los sueños originales de la nueva regencia —el estadio propio, la Libertadores y el retorno del bombo— sólo éste último pudo cumplirse, ratificando que hoy por hoy es más fácil hacer feliz a la barra que a la hinchada. Y que sean los mismo garreros los que intenten llevar al orden al plantel y a los dirigentes es elocuente. En ese club serán laicos, pero están pagando caro todos los pecados.


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