Crédito: Agencia Uno
El territorio de los caciques

El territorio de los caciques

Si algo distinguirá al Colo Colo campeón del 2017 por sobre todas sus otras estrellas es por la calidad y veteranía de sus individualidades. No es un equipo brillante ni estará en el podio de los más gustadores o eficientes, pero en este torneo corto e intenso, el equipo fue capaz de sortear las vallas más complicadas con un toque de distinción. No se trata sólo de los clásicos, sino además del tramo final del certamen, donde se sacudió de sus perseguidores con parsimoniosa laboriosidad.

No es casual que Guede llamara a tener paciencia y que los últimos partidos los resolviera en el segundo tiempo. Apenas se sacó de encima las angustias y ansiedades, cuando morigeró el discurso de la persecución tras la caída en Temuco, todo se enrieló para el Cacique, que no en vano cuenta con una columna vertebral de 175 años, entre Orión, Barroso, Valdivia, Valdés y Paredes. En el último partido tiró otros 68 años a la cancha, entre Figueroa y Fierro.

Templanza y calidad. Al punto que se pudo dar el lujo de elegir el sistema que más le favorecía, lo que obligaba a largos tránsitos a las dos grandes figuras del equipo: Valdivia y Valdés, quienes rindieron físicamente por sobre cualquier cálculo previo.

Como contraparte, fueron los albos quienes más jóvenes con proyección lucieron en este torneo. Los atacantes Nicolás Orellana e Iván Morales prometen velocidad y desborde, además de frialdad para concretar. Suazo, Berríos y Jorge Araya siempre fueron un aporte cuando se debió recurrir a ellos, ante la falta de calibre de los que vinieron: Bolados, Nico Maturana, Canchita, Ramón Fernández, Vilches y varios más.

Si el perfil del nuevo campeón es polémico o discutido es porque tiene a varios referentes con opinión. Valdivia, Paredes y Valdés han agitado las aguas cuando se trata de analizar a la selección chilena o al medio nacional; Barroso insiste en poner en duda todo lo que no sea triunfo propio y hubo dos o tres casos de evidente antagonismo con el técnico y los dirigentes en este plantel. No fue un semestre quieto, y en ese sentido Pablo Guede se ganó un sitial en la galería de los campeones con un estilo más confrontacional que sus antecesores (Sierra y Tapia), lo que le valió una lucha complicada con el gremio (el Colegio jamás lo ha querido) y el propio directorio (con Leonidas Vial y Pizarro).

Cada vez que hay un campeón consagrado en el último tiempo, la proyección duele y molesta. Pensar en Copa Libertadores obligó a Anibal Mosa a plantearse un objetivo bien modesto: pasar a segunda fase. Y Guede va por el mismo premio, lo que parece insuficiente si hacemos la comparación con los 90 o con la misma selección chilena protagonista en el continente. Mientras festejan la corona, es ingrato mirar hacia adelante, por una razón muy obvia: cualquier contratación de fuste va a invadir los territorios de los consagrados, amagando su liderazgo y tranquilidad. Le pasó a Fierro con el Torta Opazo y el grito de “Fierro titular, Fierro titular” que le dedicaron sus compañeros en el vestuario así lo refrenda. Para crecer, habrá que pisar callos, romper huevos, incomodar los egos. Para eso, claro, ya habrá tiempo.


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