Esta guerra ya la perdimos

Esta guerra ya la perdimos

La escandalosa colusión del papel confort tuvo un efecto colateral: nos proporcionó la prueba irrefutable de las vinculaciones entre Blanco y Negro y la Garra Blanca cuando Gabriel Ruiz Tagle y Pancho Malo detentaban el poder en sus respectivos ámbitos.

Pese a las sospechas, el dirigente siempre lo negó, mientras que el barrista –un especialista en violencia, amenaza, extorsión y chantaje- dejó en claro esta semana que los vínculos no se limitaban a “Favorita”, la marca del ex ministro, sino a varias otras grandes empresas de distintos rubros.

La barra alba fue utilizada varias veces en la historia como elemento “disuasivo” o “de presión”. Hizo ruido de sables en las afueras de la ACF, en Erasmo Escala, en más de una elección o asamblea, llevada por el triunvirato Dragicevic, Menichetti, Vergara. Fue protagonista central –con agresiones incluidas- en los momentos más protagónicos de la Corporación, y, según nos enteramos ahora, el poder económico del país, encarnado en los grandes grupos, la contrató para promocionar sus productos. Sabido es que los barristas fueron activistas políticos en elecciones representando a un amplio abanico de candidatos y partidos.

Es verdad que hubo un tiempo en que el Gobierno, las fuerzas policiales y políticas del país ampararon a los grupos violentos del fútbol como una estrategia para controlarlos, vigilarlos y, eventualmente, a través del soplonaje, desarticular los conflictos internos. Es, como lo ha demostrado la historia, la manera más simple de hacer la pega, pero también la más peligrosa: al empoderar y financiar el funcionamiento de los delincuentes, se genera un estado de impunidad y empoderamiento casi incontrolable cuando las cosas tienden a salirse de control.

"La peor señal de la semana fue la negación constante de los mismos protagonistas del juego sobre el fenómeno de la violencia."

En el último clásico la Intendencia anunció, ampulosamente, una serie de querellas contra quienes resulten responsables, pero ninguno de los entes encargados de la seguridad pudo identificar ni detener a quien golpeó con una piedra en la cabeza a Martín Lasarte, a quienes quebraron una protección de vidrio en la barra de la U, ni a quienes lanzaron pañales usados a la cancha. Tampoco a los hinchas de Colo Colo que rompieron la puerta del recinto donde los azules realizaban el calentamiento. Ni hablar de los fuegos artificiales. O sea, un fracaso en toda la línea, un bochorno de proporciones épicas que han intentado camuflar con la habitual pirotecnia verbal y legal.

El único elemento probatorio exhibido fue un video tomado por los mismos hinchas que hostilizaban a la banca azul donde se muestra a Gonzalo Espinoza lanzando una botella de plástico. Fue acogida por algunos medios y el tribunal de disciplina, pese a ser, ostensiblemente, parte del operativo para provocar una reacción. Demás está decir que ninguna otra cámara captó imágenes en la tribuna, detrás la banca visitante, en un partido de alto riesgo. La inoperancia de los servicios de seguridad en su máxima expresión.

Pero la peor señal de la semana fue la negación constante de los mismos protagonistas del juego sobre el fenómeno de la violencia. El técnico y los jugadores albos minimizaron los hechos que atentaron contra sus pares señalando que “han pasado cosas peores que quedaron sin sanción” o “este es el estadio más seguro de Chile”, buscando un solo propósito: desactivar una posible sanción sobre el Monumental. Resumen: esta guerra la estamos perdiendo, y feo. 


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