Harold y la familia

Harold y la familia

"Lo que hizo Harold es realmente estúpido, pero él no es un criminal", dijo Guido Tognoni, ex ejecutivo de la FIFA y defensor de Mayne Nicholls, el ex presidente del fútbol chileno que parece haber caído en las garras de la venganza de Joseph Blatter.

Según el expediente, el antofagastino intercambió correos electrónicos en septiembre del 2010 con Andreas Bleicher, director de una Academia futbolística de Qatar, solicitando becas para uno de sus hijos y un sobrino, además de pedir trabajo para un cuñado. La fecha es importante, pues en ese momento Mayne Nicholls encabezaba la Comisión Evaluadora de la FIFA para los mundiales del 2018 y 2022. De acuerdo con el periódico británico The Telegraph, en el oficio de la investigación de la FIFA se acusa que el ex timonel del fútbol chileno "pidió repetidamente favores personales (...) ejerciendo presión hasta que el señor Bleicher señaló su negativa a comprometerse en cualquier cosa en el futuro cercano".

Asumiendo que el ex dirigente obró “estúpidamente”, la sanción aplicada –y que será apelada- parece absolutamente desproporcionada. Criado en la cultura del poder absoluto de los dirigentes y funcionarios FIFA, acostumbrados a obtener prebendas del poder, dinero de las empresas, favores de todos lados y de recorrer el mundo pisando una mullida y acogedora alfombra roja, solicitar favores para la familia parece una actitud normal, aunque el momento y el interlocutor son inexcusables, por supuesto. Y que en la imaginería de la mafia, todo se reducía a pedir “para la Familia, capice”.

Que la sanción sea aplicada por un Tribunal de la FIFA parece, además de desproporcionada, casi ridícula. Dirigentes y funcionarios de ese organismo se han robado países completos, han arrasado con presupuestos fiscales de naciones muy pobres, han hecho abuso de su poder de todas las maneras imaginables, sin que en los Tribunales de Disciplina (integrados por tipos que no conocen el concepto “conflicto de interés” o “probidad”) se inmutaran siquiera.

Los pecados de Mayne Nicholls son otros, por cierto. El más grave, en mi criterio, fue haber transitado durante años por esos pasillos sin sospechar siquiera del nivel de corrupción que  inundaba las dependencias. O haciéndose el desentendido. O, en el peor de los casos, avalándolo. Tuvo una oficina en la Conmebol sin intuir ni percatarse que era la Cueva de Alí Babá, lo que habla mal de su sentido periodístico y de su transitar por la vida. Pese a todas las señales y advertencias, sólo alzó la voz cuando ya estaba afuera.

Seguir obrando bajo los parámetros de la FIFA, atender al pedido de confidencialidad que el mismo organismo que lo juzga, lo acusa y lo condena solicita -además de advertir que seguirá los canales formales de una organización que ya no es la suya y que se cae a pedazos- sólo se explica en su afán por volver a las mismas oficinas que debió abandonar. Lo que es extraño dado la magnitud, el momento y las cirscunstancias en que se le está condenando. Y es que para él, intuyo, parte importante de su vida, su futuro y su profesión siguen indeleblemente ligadas a un sistema que critica, pero al mismo tiempo sublima.

Yo, al igual que Tognoni, no creo que Mayne Nicholls sea un criminal.


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