Crédito: Agencia Uno
Kamikazes, geishas y harakiris

Kamikazes, geishas y harakiris

No me sorprenden las palabras de Jorge Sampaoli sobre los kamikazes.

De hecho, es la teoría sostenida del entrenador en instancias claves de su carrera. La U de la Sudamericana era kamikaze, aunque rara vez murió en el intento. Lo de Arturo Vidal en el Mundial, jugando pese a todas las advertencias, poniéndolo en un amistoso sin sentido a poco del debut, llevándolo al límite de su resistencia fue, evidentemente, un acto kamikaze.

"Lo de Arturo Vidal en el Mundial, llevándolo al límite de su resistencia fue, evidentemente, un acto kamikaze."

¿Y lo de Gary contra Brasil? Jugando desgarrado, limitado, literalmente parchado frente a los favoritos dueños de casa, hasta soltar lágrimas de impotencia, desesperación y dolor, ¿no fue acaso una acción kamikaze?

En rigor, el casildense ha obrado siempre igual, llevando a sus jugadores hasta límites insostenibles, lo que suele generar milagros o desgracias; éxitos o lesiones. Todos han sido entrenados por igual, salvo Jorge Valdivia, quien por su reconocido talento es más bien tratado como una geisha.

Lo que confunde y sorprende es que en el reforzamiento de la idea, en su insistencia señalando que “serán once fanáticos jugando más allá del límite de sus posibilidades”, hace un llamado a lo que siempre ha tratado de evitar: el exceso de expectativas.

El discurso guerrero, bélico, inflamado de heroísmo y sacrificio nos ha traído más sinsabores que victorias. Cuando apelamos a la fuerza, a la garra, a la Chupilca del Diablo, al espíritu de las batallas pasadas, habitualmente la caída es más dura, más estrepitosa, duele en exceso. Es pasto fértil para las mentes más febriles, desata las pasiones de los fanáticos más inflamados.

Es en esa misma lógica que Sampaoli, más que ampliar el grupo, busca reducirlo. Es más fácil confiar e inculcar en unos pocos incondicionales, dispuestos a cualquier renuncia y sacrificio, antes que en un grupo amplio, disperso e inasible.

"Si algo distinguió a este plantel fue que, cuando sobrevino el relajo, la fiesta, el asado o el bautizo, se dispersaron las lealtades y los objetivos se disolvieron"

Si algo distinguió a este plantel fue que, cuando sobrevino el relajo, la fiesta, el asado o el bautizo, se dispersaron las lealtades y los objetivos se disolvieron. Eso lo sabe el entrenador, que prefiere un grupo enfocado en la inmolación más que en el divertimento, y para eso no hay imagen más nítida, más explícita, más noble que la de un guerrero que parte, solitario, rumbo al amanecer sabiendo que no hay retorno posible.

Eso lo aprendí en una película de Speilberg llamada “El imperio del Sol”, porque, honestamente, no hay kamikazes formales en “Tora, Tora, Tora” ni en “Pearl Harbour”, donde el Imperio vivía la gloria, y no la decadencia.

El temor es siempre el mismo. La metáfora japonesa, de guerra y honor, sirve apenas por un rato, no se sostiene cuando hay expulsados, no aguanta una refriega táctica de contragolpe y a ras de piso. Ahí, como nos pasa muy a menudo, lo que se acerca es algo doloroso, terminal, digno pero inevitable: un harakiri.


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