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Anibal Mosa

La fiesta interminable de Aníbal Mosa

Aníbal Mosa es lo más parecido al Demonio de Tasmania que ha conocido el fútbol. No al marsupial, sino al mono animado que giraba interminablemente sobre sí mismo hasta arrasar con todo. Como estaba escrito y pronosticado, por donde pasó ha dejado huella, cualquiera ella sea. La fiesta constante en que construyó su estilo tiene hoy una nueva patita, para que la banda jamás pare de tocar.

El problema no es sólo Mosa, sino quienes lo han rodeado. Amigos y enemigos. No se ha visto un desempeño más tibio y errático que el de Leonidas Vial desde que su nombre apareció ligado con Blanco y Negro, desde la preferencial butaca de la influencia. Lo suyo ha sido una carrera permanente para evitar las preguntas, las definiciones, las posturas. Prefirió delegar el poder y ahora, desde la vereda contraria, su tibieza sigue sorprendiendo. El papel de “la corporación” es tan burdo y zigzagueante que no merece adjetivos.  Y los asesores– Fernando Carvallo, Paul Fontaine, y Pablo Morales, principalmente- no se han dejado ver y cuando lo hacen, es para demostrar que el estilo del jefe puede tener una versión aún más indecorosa.

Mosa se ha peleado con quien se le puso por delante. Fue un símil deslavado de José Juraszeck cuando se trató de jugar al villano y un fantasma enmascarado cuando se trata de averiguar sus posturas frente a los temas trascendentes. No tuvo bando en las elecciones, llegó a un acuerdo por la repartija del CDF del que luego se arrepintió, juega en su propia Liga, provoca a sus adversarios, pero se esconde en la derrota. Cuando su club se incendia, él anda en Siria, Europa o los canales chilotes, y su política comunicacional ha sido tan errática que hablar de política resulta excesivo y pretensioso. El camarín es hace rato un berenjenal y sus resultados deportivos pobres y manchados. El patético festejo del título 31 debería borrarse de los registros históricos.

Fue demasiado amigo de los jugadores cuando quiso arrimarse al trono, pero al asumir sólo forjó enemigos. Por su largo historial –que incluye la compra de Michael Ríos sólo para dañar a un rival- a nadie sorprendería que empujara a Sierra a la renuncia sólo para darse el gusto de traer a Pablo Guede sin pagar indemnizaciones.

Mosa parece siempre demasiado apurado, demasiado ansioso, demasiado urgido para la investidura que detenta. Y parece olvidar permanentemente (como lo demostró el caso de la camiseta rojo-sandía) que está al frente de una institución que tiene historia, próceres, obligaciones sociales y mucha gente detrás. Como tantos otros accionistas antes –y seguramente después- el dirigente de origen sirio le hizo un flaco favor a la institucionalidad del fútbol chileno.

A Sierra se le podrá juzgar como técnico y como persona, para bien o para mal, con dureza o indulgencia, pero nadie podrá negar una cosa: razones tenía de sobra para estar cansado, agotado, hastiado, mosqueado y harto. Se entiende la fuga. Lo que es incomprensible, todavía, es el silencio.


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