La irremediable y triste extinción de una especie: el hincha

La irremediable y triste extinción de una especie: el hincha

Es entendible que las preocupaciones de la dirigencia nacional sean por estos días retener a Jorge Sampaoli, distribuirse los millones del CDF, limpiar la administración de la ANFP y contar los votos necesarios para que una de las listas postulantes sea elegida.

Son –los dirigentes- gente ocupada en Navidad, pues además deben atender a representantes y pares en busca de conformar los planteles para la próxima temporada, con el temor permanente de perder la categoría, no porque eso importe mucho, sino porque los ingresos bajarían mucho.

Si gana Arturo Salah o Pablo Milad será importante para el fútbol chileno, para su imagen, para su relación con el gobierno, para la prensa, pero al hincha no le importa demasiado. Y, de aquí en más, hablaremos del verdadero hincha, del que paga su entrada, del que quiere a su equipo sin palos ni bengalas, que ve el partido y no lo grita, que sueña con llevar a su hijo a la aventura de hacerse aficionado, del que aspira a comprar entradas para los partidos importantes pero nunca puede, porque son coaptadas por los barras bravas. Del que teme, se arrincona, se aleja, sufre y se deprime por lo que debe ver cada fin de semana. Del que verdaderamente lamentó que el campeonato terminara tan bochornosamente.

Cuando la resaca de Jadue pase, cuando finalmente vendan o compren (no lo tengo claro) el CDF, cuando se aquieten las aguas en la selección y nuevos tiempos comiencen, la preocupación fundamental de los empresarios que compraron las sociedades anónimas, de los dirigentes que desembarquen en Quilín después de la atronadora caída de los imperios futbolísticos internacionales merced al FBI y, sobre todo, de un Gobierno que ha sembrado estadios y posado para las fotos pensando más en el populismo que en las necesidades de la industria, debería apuntar más alto. A la gran tragedia del fútbol chileno: la desaparición del verdadero hincha.

"Y, de aquí en más, hablaremos del verdadero hincha, del que paga su entrada, del que quiere a su equipo sin palos ni bengalas, que ve el partido y no lo grita, que sueña con llevar a su hijo a la aventura de hacerse aficionado, del que aspira a comprar entradas para los partidos importantes pero nunca puede, porque son coaptadas por los barras bravas."

Porque el hincha de hoy es un tipo pasivo, entregado a un sistema de negocios donde no es considerado, ni participa. No es invitado, y por ende, se transforma en un mero espectador televisivo, donde la competencia para el producto chileno es feroz. Al consumidor futbolero ya no le interesa ir al estadio –por más bonito que sea- porque se expone innecesariamente, porque ya no es socio, porque se siente cada vez más lejano a los directivos de su club, que en muchos casos ni siquiera profesan su mismo cariño por los colores de la institución. En otras palabras, el hincha no batalla, no lucha, no combate en esta guerra perdida porque no se siente parte de lo que está en juego.

El gran fracaso de las sociedades anónimas es que el grupo de empresarios que llegó a lucrar del fútbol se mostró tan codicioso, tan pequeño en sus afanes, tan inmoral en sus procedimientos que en las últimas tres elecciones debieron recurrir a un funcionario FIFA, a un desconocido trepador calerano y, ahora, en la urgencia, a un ex entrenador de fútbol. No hubo, ni habrá en el corto plazo, un “emprendedor” surgido de las sociedades anónimas que tenga la capacidad para ocupar la testera.

"En otras palabras, el hincha no batalla, no lucha, no combate en esta guerra perdida porque no se siente parte de lo que está en juego."

Cuando todo esto pase, un gobierno realmente preocupado del fútbol debería volver la ley a su espíritu original, con paquetes de acciones para los hinchas (capitalismo popular, le llamamos los ingenuos) que a cambio de su inversión recibirán entradas garantizadas, condiciones dignas, horarios lógicos, puntos de venta seguros y un espectáculo decente, en la medida de lo posible. Y los dueños de clubes deberían reenfocarse a la que corresponde: devolver a la gente valiosa a los estadios. Mientras tanto, con espíritu navideño, hagámosle un sentido homenaje al viejo hincha del fútbol, una especie que la codicia y la ambición colocaron al borde de la extinción.


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