Crédito: Agencia Uno
La leche derramada

La leche derramada

Lo digo responsablemente: Paraguay y Bolivia son dos equipos de escasa jerarquía, que tuvieron el mérito de tomar el regalo que les ofrecieron, pero que no deberían escribir historia en estas clasificatorias. El cuadro del Chiqui Arce fue vapuleado en el Centenario y la escuadra de Hoyos no podrá apostar en todos los futuros partidos a la teatralización extrema que mostró en el Monumental, mientras esperaba  que pasaran los minutos y la desesperación consumiera a los chilenos.

Lo más doloroso de esta fecha clasificatoria es, por ende, la sensación de desperdicio. En cualquier escenario, con estos mismos equipos, debimos sumar seis puntos y sólo tenemos uno. La culpa no es, en modo alguno, de los adversarios, de los árbitros, de la FIFA o del destino. Es de nuestra selección, que un par de meses de su victoria más importante en la historia, mostró su perfil más ineficiente.

En lo estrictamente futbolístico, un problema que no es nuevo: la falta de gol, de sorpresa y de variantes ofensivas. Jorge Sampaoli ya había detectado el problema y le buscaba solución hasta que huyó apresuradamente. Pizzi se encontró con el dilema, pero lo resolvió en Copa Centenario renunciando a su aspiración de un “nueve de área” para incorporar dos cartas impensadas: Fuenzalida y Puch. Y le resultó.

Pero la pobre y desoladora imagen que entregó este plantel en los segundos tiempos de ambos partidos deja en claro que la principal tarea no es buscar relevos defensivos, sino definir una manera de volver a sacarle provecho al enorme talento de Alexis Sánchez y Arturo Vidal, que se han enredado en una búsqueda vana del protagonismo propio que ha terminado por reducir las capacidades ofensivas de la Roja.

No tendremos otra oportunidad como ésta de sumar seis puntos en una fecha clasificatoria, y es por eso que duele tanto. Es difícil pensar que los papeles se enredarían tanto en tan poco tiempo, pero la verdad es esa y, como dice Serrat, lo que no tiene es remedio. No es el fin del mundo ni da para llorar a gritos, sobre todo porque esta generación supo resolver, por sus propios medios y en circunstancias peores, los líos en que se metió por voluntad propia.


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