Crédito: Agencia Uno
La leguleyada infame

La leguleyada infame

Cobreloa es el mejor ejemplo de las cosas mal hechas en el fútbol. Nada quedó por estropearse –a nivel directivo y técnico- en el cuadro naranja en los últimos años, que terminó justificando las malas campañas, el pésimo rendimiento y la lucha que libraba hace rato por salvarse de algo desconocido en su rica y vasta historia: el descenso.

Desde que la institución perdió la vinculación directa con Codelco la ramplonería, el incordio y muchas veces hasta el cahuín se apoderó de su trayectoria. De hecho, la primera reacción ante el fallo adverso de un directivo llamado Vivaldi fue acusar…¡un complot  sionista! Tampoco ayudó –en la hora nona y el afán por salvar la categoría- la llegada de Marco Antonio Figueroa, incendiario por naturaleza y que terminó por emporcar las relaciones al interior del camarín y con varios de los rivales.

Pero perder la categoría tras el dictamen de la Segunda Sala del Tribunal es otra cosa, extemporánea y absurda, que desvirtúa la lucha librada en los últimos meses y pone un paréntesis de larga duda sobre la definición del torneo actual. El artículo 53 inciso 4 invocado por Ñublense y Audax Italiano no sólo es materia de interpretación, sino que es confuso y está mal redactado. Su espíritu e inspiración es loable, pero el caso de Alejandro Hisis no contraviene ningún principio futbolístico, ni lesiona voluntades, ni trasgrede normas. En suma, la presencia del ex seleccionado en la banca no supuso, en modo alguno, ventajas deportivas para el cuadro naranja.

Soy, en este y otros asuntos, partidario ferviente que no se despoje por secretaría lo que se ganó en la cancha. Y que los temas de papeleo y burocracia no debieran significar pérdida de puntos disputados en buena lid. De hecho, son los mismos clubes los que decidieron cambiar la redacción del artículo en cuestión, pero lo harán, como es costumbre, cuando la leche ya esté cocida y derramada y sea la FIFA la que interprete, ojalá en un plazo breve.

No quiero hablar del orgullo del minero, de la historia naranja ni de los grandes próceres. No caeré en la tentación de mencionar las antipatías que genera el Fantasma y tampoco haré mención a “la maldición del estadio nuevo”. Ni a la oportunidad del fallo (justo cuando estaba por jugarse una definición- ¡entre ambos clubes!- en cancha) ni a las razones esgrimidas. Lo único que puede agregarse es que en el plano legal ya hay interpretaciones diversas y que el texto, reitero, es vago. Sólo eso debería bastar para lamentar que Cobreloa haya bajado a la Primera B en una sala de tribunal en Quilín. Donde nadie pudo derramar ni una sola lágrima. 


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