Crédito: Agencia Uno
Arturo Vidal, Chile 2 - Perú 1: La noche del héroe solitario

La noche del héroe solitario

He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar. Vi naves de combate en llamas más allá del Cinturón de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo. Igual que lágrimas en la lluvia”.

A pocos minutos de morir, Rutger Hauer -en versión replicante-  detallaba las razones por las que merecía seguir viviendo. Una máquina perfecta, hecha a similitud del hombre, recitaba en la inolvidable película “Blade Runner” las cosas que verdaderamente valían la pena tras una enorme existencia.

Y aunque la cita no estaba en la novela de Philip K. Dick, pasó a la historia por describir como esas imágenes imborrables te acompañarán hasta el final de los tiempos, de manera indeleble.

Lo digo honestamente: yo creía que Arturo Vidal ya había cumplido con lo suyo en el partido frente a Perú. Que había superado una amigdalitis purulenta, que se había sobrepuesto al agotamiento para anotar el primer gol, que había comandado la mejor versión de Chile desde la Copa Centenario en esos primeros 45 minutos. Que cuando cayó tras torcerse el tobillo, denunciando dolores musculares había llegado la hora del reemplazo, porque nadie era capaz de soportar un esfuerzo así.

"Chile estaba a un millón de kilómetros de Rusia cuando Vidal, sacando fuerzas de no sé dónde, recibió esa pelota de Isla para hacer un gol imposible"

Vino el gol de Perú (el primero como visitante que marcan en estas clasificatorias), los minutos del espanto y la angustia, los cambios inútiles y el murmullo sordo de la frustración que antecede a la rabia.

Chile estaba a un millón de kilómetros de Rusia cuando Vidal, sacando fuerzas de no sé dónde, recibió esa pelota de Isla, rodeado de peruanos, con ángulo ciego, para darse la media vuelta, hacer un gol imposible, devolvernos a la carrera y consagrar una de sus noches más inolvidables.

Yo vi a Caszely pasarse a medio equipo de Emelec el 73; yo vi a Roberto Rojas atajar una pelota imposible en Lima el 85. Yo vi a Pinilla estrellar un balón contra el travesaño cuando el alma de todo Brasil estaba en vilo. Yo vi a Barticciotto y Martínez anotar dos goles imposibles en la semifinal de la Libertadores. Yo vi caminar al Gato Silva para definir la Copa Centenario ante Argentina en Nueva York.

Yo vi a Arturo Vidal esa noche en que, herido y cansado, ganó solo un partido contra Perú que pudo, perfectamente, ser el final de un proceso, el adiós de un sueño, el telón para una generación inolvidable. Son momentos que se perderán en el tiempo, igual que lágrimas en la lluvia. Pero que yo jamás olvidaré.


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