Las sociedades (vergonzosamente) anónimas

Las sociedades (vergonzosamente) anónimas

Arturo Salah –y por extensión el directorio de la ANFP, el Consejo de clubes y los organismos fiscalizadores internos- no saben quiénes componen las sociedades anónimas que regentan las instituciones. “Hemos pedido a los clubes que actualicen su malla accionaria para ver quién los controla”, dice con candidez el ex jugador, entrenador y subsecretario.

En entrevista extensa con El Mercurio, Salah dice desconocer si hay factorings controlando Copiapó y Antofagasta, cuántos equipos posee Miguel Nasur y si hay participación de Carlos Heller –el dueño de Azul Azul- en Iberia. No sabe tampoco si hay representantes de jugadores en el directorio de Coquimbo, y si existen otros cruces accionarios en clubes de la misma división.

Reconoce que la ley impide que el controlador de un club (o sus familiares) tengan más del cinco por ciento de la propiedad de otro, y asegura que es un problema de fiscalización detectarlo. Pero la ANFP no fiscaliza, pues ni siquiera sabe a quién pertenecen las entidades que la componen. Les propongo que una vez recibida la información, la hagan pública y transparente, y que sea obligación actualizarla para que todos sepamos quién está detrás de San Felipe, la Católica o Ñublense, por ejemplo. Pero me tinca que eso no pasará, claro.

Salvada la huelga con la que amenazaba el Sifup, las dudas se ciernen nuevamente sobre el funcionamiento del fútbol chileno. Mañana la Asamblea votará la desafiliación de Deportes Concepción, cuadro que según Salah es “inviable” porque adeuda mil 800 millones de pesos, y al que el Consejo le acaba de prestar otros 80 a cuenta de futuros ingresos… que no se deberían percibir porque será desafiliado.

En otras palabras, Concepción va a desaparecer sin que ninguno de los responsables de la crisis sea castigado por los tribunales del fútbol.

Uno de sus principales deudores es la propia ANFP (700 millones), que jamás actuó preventivamente y que, de acuerdo a lo que ahora sabemos, no está siquiera enterada de quienes conforman la propiedad accionaria de la institución.

El nuevo sistema de propiedad garantizaba que un club jamás podría quebrar, porque sus dueños se harían responsables de las acreencias, y que responderían con su patrimonio por el ejercicio contable. Como en este caso –y en otros anteriores- eso no acontenció, el pilar de credibilidad sobre el cual se edificó el sistema comienza a desmoronarse. Está claro: los clubes ahora pueden quebrar, desaparecer y esfumarse sin que exista un responsable ante la justicia y ante sus pares.

La salida de Sergio Jadue prometía una reestructuración drástica y profunda de la actividad, partiendo por lo urgente: determinar quiénes fueron los responsables de la negligencia culpable que permitió el desmoronamiento de la credibilidad del fútbol. Pero ni siquiera eso sabemos.


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