Crédito: Agencia Uno
Lo que no puedo pedirle al Viejo Pascuero

Lo que no puedo pedirle al Viejo Pascuero

El año pasado le pedí al Viejo Pascuero que nos trajera la Copa América y cumplió. Tuvo que hacer pedazos un Ferrari nuevecito y recurrir a un dedo algo intruso e invasivo, pero cumplió, sin importar los procedimientos. Fue, de acuerdo a lo que he sabido recientemente, un regalo algo caro, y tuvo que hacer una escala en las Islas Vírgenes, pero lo que importa, el deseo cumplido, está. Y nada más importa.

Le pedí además que nos hiciera campeones del mundo a cabalidad, sin medias tintas, sin ponerle un asterisco al lado, y el veterano se lució. Claudio Bravo fue campeón con todas las de la ley, alzando con orgullo la copa junto al mejor equipo del mundo, las estrellas más brillantes, los colores más deseados. Y aunque para lograrlo el Viejo haya tenido que hacer infeliz a un alemán joven y sin culpas, yo le agradezco igual el regalo, sin odios y sin rencores. No es verdad que hayamos sido más felices aún mirándole la cara a Ter Stegen, porque eso invalidaría todo el mérito y el esfuerzo del obsequio, entregado por nuestro nuevo mejor amigo: Luis Enrique.

Y el tercer regalo –porque yo creo en el Viejito, pero no me olvido de los Reyes Magos (como todo periodista deportivo tengo que estar bien cubierto)- también lo entregó, aunque haya tenido que pedirle ayuda a los del FBI, gente seria y poco creyente, que esta vez estuvo dispuesta a colaborar como duendes del Polo Norte.

Todo el resto fue de yapa. Que le diera el título a Cobresal junto cuando la gente del norte estaba sufriendo, por ejemplo. Por eso enfatizo hoy que creo en el Viejito –aunque en este canal digan otra cosa- y que no me atrevo a pedirle lo que debería, porque  entiendo que hay esfuerzos demasiado grandes, imposibles de hacer y mucho menos de sugerir. Pero, por si las moscas, y para decirlo elegantemente, si pudiera, y sólo si pudiera, si no me diera vergüenza, si no lo considerara impropio, le pediría que hiciera desaparecer a un montón de gente que todos conocemos, que vemos en las fotos, que gritan siempre lo mismo, que vandalizan lo que tocan, que tiran bengalas donde no pueden y que atemorizan a quien se les cruce; aquellos contra los que nadie puede, ni la justicia, ni la fuerza pública, ni el poder político.

Sé que es mucho. Abusivo e impropio. Que nadie, ni en el peor momento, ni en la más oscura de las noches, ni en la más cruel de las desesperaciones, puede pedir que alguien desaparezca o se esfume.  Por eso no se lo pido. Este año quiero una camisa de mi talla. Y calcetines.


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