Los gordos y las tocaciones

Los gordos y las tocaciones

Fue en el partido entre la Universidad de Chile y Everton y, hasta donde se sabe, nadie está interesado en abrir un expediente en el Tribunal de Penalidades. Ni actuar por oficio, ni hacer una protesta pública. Los viñamarinos se lo han tomado con calma y en la U tienen problemas más graves para tratar.

De todas maneras quiero dejarlo sentado, no por pertenecer al gremio de los guatones ni por considerar que forma parte del bullying hacia la agrupación, sino porque me parece interesante abrir un debate sobre cuáles son las formas de agresión que tiene el fútbol.

Los hechos, por si no lo sabe: Leandro Benegas, apolíneo, se enfrenta en un duelo verbal con Eduardo Lobos. En el fragor de la disputa, Benegas lo acusa de guatón, infla los cachetes como el Quico, se estira la polera para denunciar la supuesta ponchera del guardapalos y remata el cuadro gritándole: “soltá los platos, soltá los platos”.

¿Es agresión sicológica? ¿Es un acto reñido con el fair play? ¿Se acercó Benegas al final del partido al gordo Lobos para decirle que lo que pasa en la cancha queda en la cancha y que no hubo intención de herirlo? Materia para el tribunal.

Lo otro es lo de Gonzalo Espinoza. También en la refriega propia del encuentro se acerca a Rodrigo Echeverría y le toca la genitalidad. No le agarra nada, no le aplasta la zona, no lo agrede en su masculinidad. Sólo lo toca. Casi lo pellizca, pero habría que hacer un acercamiento electrónico para comprobarlo. Echeverría se ríe solamente. No cae, no magnifica, no intenta sacar provecho. Lo toma como una broma o una provocación sana, lo que atenúa la situación, emparejándola con la inolvidable caricia de Michel al Pibe Valderrama cuando el chascón rubio militaba en el Valladolid.

¿Y eso? ¿Amerita sanción? ¿Es grave andar tocándole las partes privadas a un adversario o es sólo un juego propio de un deporte viril, donde no es pecado abrazarse y besarse en los momentos de jolgorio y festejo? Si a Echeverría aparentemente no le importó, ¿deberíamos preocuparnos nosotros, exigiendo justicia donde ni siquiera el agresor acusa falta? ¿Sufrirá bullying el volante del Everton por aguantar un acto de esa naturaleza sin reaccionar con la indignación que a cualquiera de nosotros nos provocaría que nos tocaran esa zona, por ejemplo, aferrados a la manilla del metro en la Estación Pajaritos?

Son casos que obligan a una reflexión, aunque hasta ahora la esté haciendo solo.


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