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Madres, zorras y monjas

Madres, zorras y monjas

Me parece bien que sancionemos el racismo en el fútbol. Los insultos de un grupo de hinchas rancagüinos en contra del venezolano Emilio Rentería tuvieron amplio repudio en la ANFP, el mismo O’Higgins (su presidente se disculpó con el jugador), los medios de comunicación y, sorpresivamente, el gobierno, quien recibió al futbolista en La Moneda y pidió excusas públicas a su embajador.

Reacción correcta ante un hecho injustificable. Si los autores fueran identificados y sancionados como corresponde, la historia ingrata tendría un final feliz. En Europa, el tema del racismo y la xenofobia es prioritario debido a hechos vergonzosos y crueles que se han vivido en el último tiempo, donde las migraciones y el resurgimiento de los nacionalismos extremos han confrontado posturas, sobre todo en las gradas.

Creo, sin embargo, que el principal problema chileno –en el fútbol y en la convivencia social- no es el racismo sino el clasismo. Mientras los insultos por raza en nuestros estadios han sido pocos y debidamente condenados, aquellos que apelan a la condición social, cultural y económica no son ni siquiera considerados. Le pongo el último ejemplo: cuando Johnny Herrera trató a Felipe Flores de “Chipamogli” no hubo condena, ni acusación ni investigación. El club del agredido no levantó reclamo alguno, a los directivos de Quilín el hecho no les pareció repudiable y en La Moneda creo que ni se enteraron.

"Cuando Johnny Herrera trató a Felipe Flores de “Chipamogli” no hubo condena, ni acusación ni investigación."

En los clásicos del fútbol chileno los protagonistas no sólo se insultan, sino que además se “rotean”, descalifican socialmente, se reprochan la condición social, el origen, la forma de hablar, los ingresos. “Flaitear” ya es un verbo, y los calificativos despectivos en contra del rival son parte del folclore, sin que a nadie le llame la atención. Los azules son “madres”, los albos “zorras”, los católicos “monjas”, que -si usted lo mira con detalle- son además calificativos hirientes del género femenino. Y el Sernam tampoco se pronuncia.

Si estamos por sancionar el insulto artero, hiriente e injusto hay que atacar el tema donde más nos duele. El racismo es inaceptable, pero, en el fútbol de nuestro país, el clasismo también debería ser rechazado. ¿Se acuerda cuando en Italia sancionaron a Iván Zamorano por tratar a un árbitro de “muerto de hambre”? Un insulto que a mí, al menos, me parece sumamente grave.


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