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Morir con la de uno

Morir con la de uno

El fútbol, como la vida, es una prueba permanente a las convicciones. A la capacidad de adaptarse a las circunstancias, a la vocación permanente. A traicionar los principios, como solemos decir de manera rimbombante los comentaristas. Nos encanta ver como las verdades absolutas quedan reducidas a excusas cuando los hechos nos obligan a modificar la ortodoxia. Y a quienes se hunden con su barco, sin arriar la bandera, obstinados en una idea, los etiquetamos para siempre y los mandamos a un limbo donde ese tipo de pecados se expían dolorosamente.

Hay y hubo delanteros que siempre metieron una última e innecesaria cachaña, condenada en el fracaso, elogiada en el acierto. Desaparecieron técnicos que insistieron en una línea, aunque no pudieron transmitir sus convicciones a los dirigidos. Y hay jugadores elegantes, convencidos y pulcros que preferirían desangrarse en el semicírculo antes que pegarle de puntete para adelante a una pelota.

Que la desgracia haya caído sobre Marcelo Díaz no es extraño ni casual. El hombre encargado de abrir el circuito bajó mil veces en los últimos años para enhebrar la aguja y comenzar el bordado. Casi siempre ganó, lo llenamos de elogios, le aplaudimos la convicción y lo ungimos de irremplazable. Hasta que al frente tuvo el despiadado instinto alemán, que aprovechó el regalo sin inmutarse.

Díaz murió en su ley y yo lo apoyo, lo entiendo y comparto su dolor. Se equivocó pesado, los triunfos morales ya no sirven, nos condenó a la derrota, pero cayó en su ley, la misma que nos pareció siempre tan elogiable. Cuando los líderes de esta generación hablan de respaldar la idea, el proceso, los triunfos, las alegrías brindadas, seguramente se referían a esto y no a las niñerías burdas a las que nos someten cada tanto. Aquí está el momento del respaldo y creo que estamos, la inmensa mayoría, cuadrados con el hombre que ponía la primera piedra del marcado estilo que nos enorgullece.

Debo reconocer que esta final, frente al más pérfidamente eficiente de los enemigos, me pareció demasiado franca, abierta, audaz, temeraria. Contra los argentinos, las dos veces anteriores, hubo un manto de cautela, de conservadurismo, de tensa espera. Ahora tomamos las banderas y fuimos al frente, al todo o nada, que me pareció emocionante y valiente, pero riesgoso. Y, obligado a elegir, me gustó la apuesta, aunque significara que quedáramos expuestos en demasía a lo que todos sabemos qué pasó.

No importa demasiado. Aún a riesgo de que los adoradores del éxito a toda prueba condenen la validez de la suma, perder así no me parece ni terrible ni vergonzoso. Por el contrario, como en las grandes películas, batallas, amores o discusiones, se cayó en consecuencia. Y eso también vale.


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