Crédito: Agencia Uno
No se daña a quien se quiere

No se daña a quien se quiere

Yo a los hinchas más fanáticos no les creo nada. Ni cuando lloran ni cuando gritan. Se les reconoce fácilmente porque abundan en las redes sociales, son incapaces de hilvanar dos frases y a la menor provocación besan la insignia y blasfeman. Es imposible conocer sus preferencias futbolísticas (porque no las tienen) y cambian de opinión tan fácilmente como de polera.

Lo que pasa en la cancha les importa un rábano y lo que quieren es la catarsis colectiva, el sentido de pertencia, la relevancia instantánea, encontrar –por un instante- un lugar en el mundo, aunque sea sobre la base del odio violento al enemigo, el insulto constante y el pretendido pero artificial amor por su divisa.

Ayer en el Nacional quedó claro que los que dicen amar a la U en realidad son su peor pesadilla. Nadie daña a quien ama, a menos que esté enfermo. En el codo sur se prendieron bengalas, se lanzaron bombas de estruendo y ninguna advertencia sirvió para evitar un desenlace conocido: el club por el que gritan será sancionado, cuando más necesitaba del apoyo popular.

"El club por el que gritan será sancionado, cuando más necesitaba del apoyo popular."

No hubo en ese grupo ni un solo gesto de denuncia, ni de reacción, ni de sentido colectivo para evitar la segunda gran pérdida de la noche, porque la principal estaba ocurriendo en la cancha. Toda la barra fue culpable y cómplice de lo acontecido, y como los adjetivos peyorativos ya se acabaron o suenan muy naif, la única pregunta que cabe hacerse es si a estas alturas a la Universidad de Chile le conviene tener barra.

Dicho esto, habría que decir que no es lo único inexplicable que tiene esta situación. Nada más difícil de explicar que el momento actual de los azules. En mi criterio, fueron justos y brillantes campeones hace dos meses. Le ganaron a dos tremendos rivales en buena lid, luciendo un rendimiento histórico inalcanzable. ¿Por qué ahora son una sombra pálida y triste de aquel equipo?

Como dijimos hace poco rato, la sola partida de Patricio Rubio no puede tener tanta trascendencia. Y los refuerzos no pueden demorar tanto en adaptarse. Una molestia lumbar no debería eliminar las capacidades de Lasarte y el mediocampo defensivo –uno de sus puntos más fuertes- no puede convertirse en tan corto rato en un espanto.

"Fácil es decir que los rendimientos individuales se vinieron abajo y eso, por obvia consecuencia, afectó al colectivo. Pero como siempre, debe haber algo más."

En otras palabras, fácil es decir que los rendimientos individuales se vinieron abajo y eso, por obvia consecuencia, afectó al colectivo. Pero como siempre, debe haber algo más. Yo soy de los que creen que hay momentos en que se suman muchos pequeños factores para construir un desastre, y este es uno de esos. Donde lo que cabe es esperar un milagro, la conjunción de los planetas, un rayo divino. Pero esas cosas no suelen pasar, salvo que exista una comunión de todas las fuerzas para provocar un fenómeno en contrario.

Y como quedó claramente demostrado, en la U –como en Cobreloa- hay muchos remando para atrás. Y están en la galería.


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