Crédito: Agencia Uno
Nueve minutos son una eternidad

Nueve minutos son una eternidad

Cristopher Toselli lo definió con la ingenuidad de un debutante en las grandes lides: entramos dormidos, dijo para resumir el catastrófico comienzo del duelo ante los paraguayos, donde en nueve minutos desandamos un camino que costó tanto tiempo construir.

Para decirlo en simple, en ese suspiro mostramos lo peor de nuestro repertorio, asfixiándonos en la salida, rindiéndonos en las pelotas áreas, despreocupándonos de las marcas y reaccionando tibiamente a la ordenada y metódica arremetida de los guaraníes. Si a alguien todavía le parece que prescindir graciosamente del líder y capitán de nuestra retaguardia sin que al menos demandemos una explicación, los hechos fríos se habrán encargado de demostrarle que en este tipo de carreras no se dan ventajas gratuitas ni se desprecia la calidad del adversario ni se entra dormido ni se sucumbe así de fácil ante una emboscada, por demás, previsible.

Después de esos nueve, hubo largos ochenta y tantos minutos donde la Roja dejó en claro las limitaciones de la escuadra de Arce, desbordó con facilidad, desperdició situaciones y convirtió la pérdida de estos tres puntos en un lamento penoso porque no sólo retrocedimos en la tabla, sino que permitimos la resurrección de un equipo que, por lo exhibido en la cancha, bien pudo haber quedado nocaut con un poco más de aplicación mientras estábamos dormidos.

Lo más triste de la caída fue que hubo demasiados efectos colaterales, esquirlas dañinas que habrá que evaluar con el paso de las horas. La fragilidad de Toselli en las reacciones -reconocida por el propio Pizzi-, la absurda ira de Gary Medel justo cuando tomaba la jineta de capitán, la obligatoriedad de improvisar una defensa para al menos los próximos dos partidos, la nueva desorientación de Alexis y la errónea lectura de la banca para los últimos minutos del encuentro ponen una tarea grande a un equipo que, asumámoslo, está acostumbrado a superar crisis más profundas que ésta.

Podrá decirse, apelando al optimismo, que la distancia con el líder es de sólo cuatro puntos y que el naipe debería rebarajarse el martes. Es verdad. Como también lo es que el camino aún es muy largo. Pero esta derrota va a doler porque era evitable. Y porque esos nueve minutos de espanto pueden ser la distancia que nos separe de un sueño mayor. Apenas nueve minutos.


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