Crédito: Agencia Uno
Pizzi se puso tarde los pantalones

Pizzi, el hombre desnudo

Con esa característica tan especial que tuvo su período, Juan Antonio Pizzi -el principal responsable de la eliminación- dijo que se marcha y que no “se iba a desnudar” frente de los periodistas para hacer un análisis un poquito futbolero del descalabro sufrido por la selección en las últimas cuatro fechas.

Por ende, tomará sus cosas y partirá sin mayores remordimientos. Sin explicar, por lo pronto, por qué a Chile le convirtieron 8 goles en las últimas cuatro fechas, hipotecando una clasificación que se perdió precisamente por la diferencia de goles. Jamás tendrá que explicar por qué marginó a Marcelo Díaz para terminar formando un mamarracho de mediocampo, donde si no es por la generosidad y el esfuerzo de Charles Aránguiz todo habría sido confusión. Ni tampoco divagará técnicamente (que se supone es lo que más les gusta a los entrenadores) sobre la nula capacidad mostrada para sacar adelante la mínima tarea exigible para el duelo contra Brasil: perder por la cuenta mínima.

Se irá Macanudo con sus dos finales jugadas, con su discurso vano y previsible, con su lejana levedad, con su impronta laxa sin que le importe demasiado el páramo donde nos ha dejado, con un largo vacío por delante que es una mueca dolorosa después de la vorágine exaltada que vivimos después del último mundial.

Como una cruel paradoja del destino, el final de esta selección se escribió en las redes sociales y vino de la esposa del capitán, que abrió aguas para separar a los responsables de los borrachos, a los capitanes América de los que “deben ponerse el sombrero”. Fue Claudio Bravo un crítico permanente de los trascendidos, de los rumores, de las recriminaciones contra el grupo y de la falta de apoyo irrestricto al grupo. Debe haber sido sorprendente el misil apuntado desde su propia intimidad al corazón de este grupo y al principal problema no resuelto ni por la dirigencia ni por el étereo cuerpo técnico: la indisciplina y los costos al interior del vestuario.

Obviamente pedirle una definición el entrenador sobre esta candente materia es absurdo e inoficioso, porque él flota sobre la nube de su propia vacuidad.

Se ha consumado -como se dijo- la peor farra de la historia del fútbol chileno. Este grupo, con un poquitito más, habría cerrado su brillante ciclo con otro mundial. Llorar sobre los hechos consumados parece tan vano como inoficioso, pero bien vale masticar la rabia de un proceso que termina lleno de símbolos dolorosos. Que el fallo del Tas terminara por condenarnos, por ejemplo, es una señal divina. Y que Arturo Salah pidiera que “no se analizaran las cosas por los resultados” es otra burla, porque para un entrenador que ahora es presidente debería estar demasiado claro que hoy lloramos impotentes por lo que tuvimos y dejamos ir, que no es otra cosa que un protagonismo de juego que se quedó enredado cuando más lo necesitábamos.

Se bajó la dolorosa cortina de un fracaso y quedamos destruidos ante una verdad evidente: estábamos frente a un hombre desnudo. El responsable mayor de este dolor no puede prestarnos nada para amortiguar la pena.    


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