Crédito: A. uno
Rayos y centellas

Rayos y centellas

Fue, por lejos, la mejor tormenta que he visto en mi vida. Programada, planificada, coordinada, fríamente ejecutada. A la hora señalada, como en el primer mundo, y sin que importara nada más que la seguridad de los asistentes y los jugadores.

No tuvo nombre, pero debería, porque así la podríamos recordar con más nitidez, dándole marco a esta noche inolvidable, mágica, en que el entretiempo duró 158 minutos y alcanzó a comentar hasta Michelle Adam en la tele.

Chile se instaló en su segunda final consecutiva, merecidamente. Junto con Argentina son los más justos finalistas de un torneo que los ha tenido como brillantes exponentes de un fútbol gustador y brillante. No hay dos equipos mejores que estos en todo el continente.

El mérito de la victoria de ayer, a diferencia de la goleada ante México, es que se logró pese a la adversidad, contra el viento, batallando duro. Sin Vidal ya era difícil, sin Vidal y Díaz parecía casi imposible. Pero la contundencia de los primeros veinte minutos fue tanta que el dos a cero casi parecía mezquino. El golpe doble –casi concertado, diría- de Sánchez y Torres en contra de Pedro Pablo Hernández (¿vieron que se aprendió el himno?) supuso una dificultad extra porque a Pizzi se le ocurrió en el peor momento ponerle su sello a la victoria, dejar en evidencia que quería marcar las diferencias con los procesos anteriores, firmar la táctica improvisada con mano firme. ¿A quién se le ocurriría mandar a la cancha a Erick Pulgar, quién habría apostado por su ingreso, en qué cálculo estaba esa variante?

Para dejarlo por escrito: llegamos a la segunda final consecutiva pero entre aquel equipo y éste hay diferencias palpables. Chapita Fuenzalida, por ejemplo. Puch, Pedro Pablo Hernández y ahora Pulgar, son el sello del nuevo técnico que supo darle un pincelazo propio a la obra de esta generación dorada, para que no se dijera que sólo administra el éxito anterior. Le resultó y eso merece más que un elogio, porque nos devolvió la confianza que había flaqueado después de la inmensa e interminable crisis sufrida después de levantar la Copa en el Nacional.

Volvamos al entretiempo. A esa pausa larga que fue como una ayudita —otra vez— de los dioses. Vino cuando se nos había perdido la pelota, cuando Bravo estaba convertido en súperfigura y cuando Chile había perdido el sello distintivo y era un equipo de reacción. De mala reacción. Pero vino el huracán, hubo dos horas y media para hacerle couching a Pulgar y el segundo tiempo fue apenas un nervioso trámite para ganar pasajes a New Jersey.

Este partido quedará en la historia y el recuerdo. Por la tormenta sin nombre. Y la generación que no se agota ni flaquea. ¿Alguien aún duda que es lo mejor que nos ha pasado en la historia?

 


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