Crédito: Agencia Uno
Mario Salas: "Esperamos que estas ganas de ganar el título se traduzcan en un nuevo logro"

Siento nostalgia del comandante

La discusión sobre si esta es la mejor Universidad Católica de todos los tiempos está destinada –imagino- a los hinchas más nuevos de la franja. A los infantes, a los primerizos, a los que no vivieron en los sesenta ni en los noventa. Ni siquiera a los que vieron al equipo de Pizzi, que quedó estigmatizado –como todo el club- por el ingrato incidente del cotillón.

Tuvo la UC – y hablaré sólo de lo que vi- un equipazo en los ochenta, con símbolos ilustres y mucha gente de las divisiones menores, que por aquellos años eran un ejemplo a seguir. El equipo que armó el Nacho Priero el 93 y que luego reforzó Pellegrini en las dos temporadas siguientes era espectacular, y no consiguió premio sólo porque la lucha por el título fue contra una de las mejores escuadras de la historia reciente: La U de Salas, Aredes, Rodríguez y compañía.

En fin. Dos torneos cortos, de quince fechas, sin play off y plagado de interrupciones nos pueden entregar un campeón indiscutido, pero no un equipo para catapultar al estrellato, más aún si su participación internacional fue un espanto. Los méritos de esta escuadra de Mario Salas fueron evidentes y, sobre todo, en el segundo torneo. Fue de menos a más, tuvo tres figuras determinantes y aprovechó en el momento justo las licencias que otorgaron sus rivales.

Todos elogian hoy el equilibrio, la madurez y la solidez defensiva que alcanzó el campeón y nadie podría estar en desacuerdo. Mario Salas logró, con el mismo esquema de siempre, una retaguardia más confiable, un mediocampo más disciplinado y una estrategia más homogénea, lo que se valora y aplaude, y es probable que le entregue dividendos en el plano internacional. Tuvo ojo y fortuna esta vez Buljubacich con las contrataciones y una dirigencia que actuó en sintonía con las necesidades del club. Pero yo soy un nostálgico del viejo estilo de Mario Salas. El mismo con que perdió dos títulos el año pasado.

La desmesura de su propuesta, la candidez de su búsqueda, su ímpetu irrefrenable le costaron caro y seguramente esas derrotas sirvieron para alimentar aún más el mito de los secundones, pero fue una brisa fresca y renovadora. Fue en el monumental arrugue de O’Higgins en el Apertura donde la UC cosechó una corona que –esa sí- será histórica, porque les permitió bajar el nivel de ansiedad. Salidos del pantano, los cruzados se dieron el lujo de manejar partidos, de no querer el protagonismo (la goleada ante la U de Beccacece les permitió retomar el rumbo sin ser muy verticales), de transar en el estilo inicial.

Hasta hace no mucho tiempo la abrumadora mayoría de los que veíamos el fútbol nos sentíamos fascinados por el afán irrenunciable del verticalismo. Hoy todos parecemos acólitos del equilibrio, de las pausas, de las tácticas sensatas, lo que está muy bien, mientras nos midamos sólo en el plano interno. Y con metas muy bajas. ¿Se acuerdan cuando los hinchas de la U y Colo Colo reclamaban por el fútbol fome de Lasarte y Sierra en el comparativo con la UC?

Espero que ahora el Comandante, con la dupleta en el bolsillo, considere que la Libertadores debe ser prioridad, y que sus ideas iniciales no queden archivadas en el pragmatismo de los nuevos tiempos. Si Salas se ganó un prestigio y patentó un estilo fue en la idea madre de un ataque sin pausas ni renuncias, con el espectáculo como piedra filosofal. Entiendo los halagos a su nueva impronta – el medio también pareció domesticar a Guede, quien ahora es equilibrado- pero habrá que recordar que educamos el paladar –a punta de elogios y éxitos- a una cosa mucho más energizante, vigorosa y llena de riesgos que está lejos de los “equilibrios”. Que eso lo buscamos siempre. Y así nos iba.


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