Crédito: Agencia Uno
Simaldone, Francesca y un mundo que ya no existe

Simaldone, Francesca y un mundo que ya no existe

La barra de la U —que en esa época no se llamaba “Los de Abajo” y estaba comandada por un voluntarioso llamado Eduardo Martínez— se instalaba en el codo sur-oriente. En el primer clásico del año 83 se ensañó con Horacio Simaldone (el jugador argentino más dotado que ha pasado por el fútbol chileno, usted me entiende), casado por aquella época con Francesca Franzese, una estupenda modelo que había asistido a un programa de televisión de Canal 13 con un vestido de generoso tajo para escuchar cantar a Julio Iglesias. Creo que fue —no me pidan tanto detalle— Martes 13.

El canto soez, primitivo, alevoso y sibilino que bajó de las gradas para insultar a la muchacha y menoscabar al jugador marcó un antes y un después. Podrá decirse hoy que es una niñería comparada con la brutal violencia de estos días, pero a mi generación lo tuvo claro para siempre: ya no habría perdón ni misericordia en los estadios. Ni decoro ni fairplay.

Simaldone, Francesca y un mundo que ya no existe

Porque eran otros tiempos. En septiembre de 1982 Alejandro Hisis le metió la mano en palomita a una pelota en el área azul. Ingenuo, Lucho Rodríguez la agarró para cobrar la infracción, pero Víctor Ojeda sancionó penal para los albos por la acción de Rodríguez. Fue gol y 1 a 0. Hubo reclamos destemplados y hasta el flemático Manuel Pellegrini tapizó a garabatos al colegiado. Después del partido convencimos a Hisis y Rodríguez y los llevamos a la redacción de la revista Deporte Total para revisar las fotos, en una demostración palpable de cómo se vivía el fútbol en esos años. Juntos esperaron que se revelara el negativo y se copiaran las imágenes que demostrarían la culpabilidad del Chino. ¿Se imagina la plata, los ruegos y promesas que habría que poner sobre la mesa para llevar a dos protagonistas de la jugada polémica del clásico para que fueran juntos a revisar las imágenes a un medio de comunicación?

Simaldone, Francesca y un mundo que ya no existe

Hubo, en los 80, un clásico que se jugó con lluvia y 62 mil personas en el Nacional, que se veía espectacular con millares de paraguas abiertos. Y está, por supuesto, aquel del 81 que ganó la U con el penal que Carvallo le atajó a Carlitos Rivas y que Salah transformó en gol un minuto después. Podría hurgar más en la memoria para encontrar momentos imborrables de los ochenta, pero temo que me tratarán de baboso por el impresentable viejazo.

Me estoy poniendo mayor y la nostalgia ya galopa, pero esos me parecían clásicos de verdad. El estadio se dividía en dos, las gradas estaban llenas, no había odios sino rivalidad y el fútbol tenía esa dimensión amable pero apasionada que se acabó de pronto, en los noventa, para transformarse en la guerra desagradable que vivimos hoy. 


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