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Gianni Infantino, nuevo presidente de la FIFA

Sobre tontos y ladrones

Lo primero que dijo Joseph Blatter de su compatriota y sucesor Gianni Infantino fue que “tiene todas las cualidades para continuar mi trabajo y estabilizar de nuevo a la FIFA”, con lo que está meridianamente claro sobre quién estamos hablando.

Infantino es, al igual que Blatter, un funcionario del fútbol. Tanto en la FIFA como en la UEFA fue un disciplinado abogado que gustaba (al igual que su corrupto antecesor) de revolver las bolitas y oficiar de animador en las ceremonias de los sorteos, papel que también complacía sobre manera a nuestro Sergio Jadue. Como maestro de ceremonias multilingüe, el descendiente de italianos trepó gracias a su obediencia y simpatía, cargando con un pecado mortal: jamás se percató, en una década de trabajo, de las evidentes muestras de corrupción de las cúpulas de los dos organismos. Siendo abogado, hay dos explicaciones posibles: o se hizo el tonto o era tonto.

Ha ganado las elecciones con dos ideas centrales. La primera es elevar los participantes de los mundiales a 40, lo que provoca muchas simpatías en todo el planeta, por razones obvias. La segunda es repartir plata generosamente (a razón de cinco millones de dólares al año para cada Federación) lo que genera aún más simpatías, también por razones obvias.

Su principal rival, el jeque de Bahrein Salam Al Khalifa, señaló que si esa medida se concretaba, la FIFA quebraría en tres años, y que él, aun perdiendo, y en su rol de vicepresidente en representación de Asia, se opondría tenazmente a la repartija. Como era previsible, el generoso “bono marzo” ofertado por Infantino causó profunda alegría entre los presidentes del mundo —incluido el chileno— que le dieron mayoritariamente su voto.

Si Blatter lo proclama como su sucesor y en la Conmebol ungimos a Alejandro Domínguez como sucesor de Leoz y Naput, hay sólo una cosa clara: no hay demasiado de qué alegrarse. Las cosas no van a cambiar demasiado en el futuro y no había —objetivamente— razones para estar muy optimistas, porque tal como pasó en el fútbol chileno, los votantes siguen siendo los mismos y no se conoce una revolución reformista inspirada y votada por quienes se han favorecido del desorden y la corrupción.

Si me permiten, una cosa más. La nueva dirigencia del fútbol sudamericano debería pronunciarse –y pronto- del alevoso y miserable robo sufrido por Cobresal en el Defensores del Chaco. Le robaron al equipo más pobre de la Copa, al más desvalido, al más desprotegido en las barbas mismas de la Confederación Sudamericana. Y, me van a perdonar, pero eso merece sanción para el estadio y el club organizador. El robo fue en el entretiempo, y los cobresalinos fueron una sombra en los primeros minutos del segundo tiempo, donde les marcaron dos goles. ¿No les parece propio de los peores arreglines que se han visto en ese mismo estadio? 


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