Crédito: Agencia Uno
¿Somos los peores hinchas de América?

¿Somos los peores hinchas de América?

La FIFA nos acaba de castigar. Una vez más. Por cantos homofóbicos, políticos e insultantes. Somos el país del continente más reprendido, amonestado y sancionado. Más que los mexicanos, más que los argentinos, más que los uruguayos.

El procedimiento es simple: gente de una ONG se infiltra en las galerías, escucha, anota, informa. "Porompompón, porompompón, el que no salta es un bendito ......ón". En una oficina de Zurich un funcionario con chaqueta y corbata, mirando al lago, lee, juzga y timbra. 30 mil francos suizos, oficio de reprimenda, timbre y despacho. Listo. ¿El país más soez del mundo? ¡Chile poh ctm!

Si se requería un procedimiento para determinar el ranking, finalmente lo hemos encontrado. Nadie sabe cómo supimos que teníamos el segundo himno más hermoso ni la bandera más bonita del planeta, pero estamos frente al método empírico comparativo que ha resuelto, sin lugar a dudas, que somos los peores hinchas de América. Homofóbicos, xenófobos, crueles, insensibles, majaderos, prepotentes, insalvables.

Para alguno de mis amigos y colegas, coprolálicos y vándalos sin remedio, es fruto de la extinta bonanza. De los años del boom, cuando teníamos dinero y lo gastábamos sin pudores, cuando nos paseábamos por Francia, Sudáfrica o Buenos Aires con nuestras camisetas rojas y la tarjeta de crédito. Para otros es fruto del bicampeonato, pero no lo creo, porque siempre nos ha parecido cómico burlarnos del prójimo por sus defectos, sus carencias, sus excesos, sus modales, su condición. En rigor, nos gusta reírnos del prójimo por cualquier cosa y punto. La cuestión es reírnos.

Yo, que jamás me he reído de nadie y que sufro constante bullying por mi condición de guatón pajarón, a veces pienso que no hay que exagerar. Que los de la FIFA son unos tontos graves que se esconden cada vez que ven a un policía, que se ponen a juzgar al resto cuando sus antiguos amigos y jefes robaban a manos llenas delante de sus narices (o con su complicidad) y que por ende son delincuentes o son pavos, por lo que como pasatiempo se han dedicado a la moralina universal.

Como ya se les acabó el verso de llevar el fútbol hasta el último rincón del planeta ahora quieren evangelizar desterrando el insulto y el mal pensamiento de las canchas. Y se la tomaron con nosotros porque después de un siglo de maldiciones ahora ganamos.

También puede ser, pienso de nuevo, que es fruto de la relativización que hemos hecho de nuestro mal hábito. Como fuimos incapaces de controlar a los barristas más desalmados terminamos por hacernos los giles. No son fuegos artificiales, son “elementos de animación”. Nada de lo que pasa en los estadios es realmente grave, y que los dirigentes financien hipócritamente a los vándalos es inevitable. Cada vez se secuestra menos gente y se destrozan menos micros; si se balean entre ellos son apenas actos delictuales;  nada serio o de lo que tengamos que preocuparnos.

De hecho, la gente que ha sido sancionada es aquella acusada de “actuar como en el Teatro Municipal”, la que “no alienta a la Roja cuando lo necesita”, la que “no siente la pasión”. Y los que viajan al extranjero son los de la Marea Roja, avalada hasta el cansancio por los medios gritando el Ceacheí frente a las cámaras siempre encendida para ellos, porque son la encarnación del chileno medio, que sacrificadamente viaja a alentar a los nuestros, aunque sea envalentonados por el nacionalismo y el alcohol...

Los que hemos tenido que sufrir la transformación de nuestro hincha en el extranjero (¿recuerdan la bochornosa estampida en el Maracaná?) sabemos que no importa el lugar en el medallero, pero si la constatación de una verdad: cuando nos ponemos la Roja, no somos hinchas. Somos hinchapelotas.


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