Crédito: D13
Son leyenda

Son leyenda

Escribo de madrugada en Nueva York y no encuentro las palabras adecuadas, por más que la escenografía parezca irrepetible y que el corazón agitado es el que dicta. Estuve en la cancha del Metlife, sobre el confeti glorioso, toqué el arco de los penales, reconocí el rincón de la cancha donde Messi derramó sus lágrimas.

Escuché a Pizzi y a Martino; a cada uno de los integrantes de esta pandilla salvaje que terminó con los adjetivos; el lamento de los periodistas argentinos que trataban de entender lo que, en rigor, es inexplicable. Se los digo en números: estamos celebrando nuestro segundo título en 359 días mientras ellos, los albicelestes, cumplieron 8 mil 394 días sin levantar una Copa a nivel adulto.

Somos privilegiados. Todos. Los que hoy gritamos por segunda vez una victoria épica debemos dar gracias a este grupo de gigantes que sepultó de cuajo un siglo de maldiciones y esperanzas frustradas, y que ha sido capaz de demostrarnos que el fuego sagrado de su ímpetu fue superior a todo.

Hace un rato en el Metlife –y perdónenme los dogmáticos- dejaron en claro que Sulantay, Bielsa, Sampaoli y Pizzi son meros alfareros de una arcilla milagrosa, que se adapta, crece, se agiganta cuando las circunstancias se lo imponen.

Gigante Vidal en su despliegue, Aránguiz en su inteligencia, Medel en su bravura. Gigante Bravo en su estirada salvadora, en su contención permanente. Gigante Alexis, pese al cansancio, a los dolores, a la ansiedad, a la confusión. Gigante Silva en esa tranquilidad pasmosa en el momento más importante de su carrera. Gigante Isla en su llanto, Jara en su alma roja, Vargas en su inspiración, Beausejour en su madurez. Gigante Díaz, y el Chapa, y Nico Castillo, contagiado de valor. Gigante Pinilla en su generosa rendición.

Recorrimos 37 mil 306 kilómetros en esta Copa Centenario para ver cómo dejaban en el camino a Chicharito, a James, a Messi. Como se ganaban el asombro de los gringos que hicieron este torneo para aplaudir a otros nombres, y que debieron rendirse ante un fenómeno que  no cesa, que crece, que eleva la vara del asombro.

Lo digo en serio. Estoy aquí, a las 2:34 de la mañana, a dos cuadras de Times Square y los bocinazos que escucho son de chilenos que han decidido tomarse las calles de Nueva York. Que transformaron el corazón de la Gran Manzana en la Plaza Italia.

Me tropiezo, choco, me conmuevo con los argentinos que, como zombies, vagan con su tristeza a cuestas.

Hace un año descubrí -¿se acuerdan?- que la victoria olía a pólvora. Hoy comprendo que el orgullo no tiene límites, que somos privilegiados, que estos tipos se merecen el cielo, la gloria, el recuerdo inmortal. ¿No podemos hacerles un monumento como el de Iwo Jima? ¿Una antorcha que no se apague nunca? ¿Un recordatorio de lo que fuimos y de lo que ahora somos? . Lo que han hecho es mucho más que historia. Ya es leyenda


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