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Calbuco: Prever y no sólo reaccionar
Opinión

Calbuco: Prever y no sólo reaccionar

La naturaleza se ha ensañado con el territorio nacional, es cierto. En los últimos cinco años los desastres naturales se han vuelto un nudo crítico de las gestiones gubernamentales, y por tanto, su tratamiento, sea éste realizado de modo satisfactorio, como en el caso del 27F, o deficitario, como el del terremoto y reconstrucción de Tocopilla o la reconstrucción post incendio de Valparaíso, pasa a ser parte del diseño político que todo Gobierno debiera considerar tanto en su instalación como en su ejercicio.

Pero aquel diseño, no sólo pasa por una labor eminentemente reactiva frente al desastre; pasa también por aprender de las lecciones que quedan literalmente grabadas con fuego en nuestro territorio y por supuesto también en la población afectada. Parece perfecto que las autoridades reaccionen oportunamente con la instalación de alberques, la evacuación de población y la entrega de insumos básicos. Pero si hablamos de un país, que en promedio, enfrenta dos grandes desastres naturales por año, uno esperaría un mínimo de ejercicio previsor.

Parece insólito que no exista una política pública de zonificación de nuestro territorio nacional según áreas de riesgos a exposición de desastres naturales. Hemos sido ciegos, sordos y mudos a los llamados de la naturaleza -que como hemos visto se expresa sin moderación- a la hora de emprender un ordenamiento territorial responsable y consciente de nuestra vulnerabilidad geográfica. Para esto no se requiere un gran acuerdo político, bastaría con un mínimo de sentido común, para que con la misma premura que se convocan consejos asesores en otras áreas, se convoquen también instancias consultivas -y posteriormente resolutivas- con los expertos en la materia y el debido involucramiento de las comunidades, para abordar estas debilidades y fragilidades de una buena vez.

Los cambios no sólo pasan por cuestiones cosméticas, como la inyección de más recursos a la ONEMI, o su cambio de nombre o estatus a una Agencia Nacional de Desastres Naturales. Sin un cambio profundo, a nivel de conciencia por parte de los tomadores de decisión de la gravitación de la temática y sus implicancias, el accionar seguirá reducido a la simple mitigación.

Las consecuencias políticas de la "no decisión" o "inacción" en cuanto a política de desastres naturales no sólo implica una innecesaria exposición de los gobiernos a una parálisis de agenda política, sino que también a un auténtico desfalco presupuestario. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en la última década sólo las pérdidas materiales por desastres naturales en los países OCDE y los BRICS representaron un total de US$ 1,5 trillones, con una tendencia creciente.

Entonces, pareciera que llegó el momento de tener una auténtica política de Estado en materia de desastres naturales que esté a la altura de los requerimientos que impone nuestra "loca geografía", como diría Benjamin Subercaseaux, pero por sobre todo, que sea capaz de prever y no sólo reaccionar.


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