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Jorge Burgos: realismo con renuncia
Opinión

Jorge Burgos: realismo con renuncia

El destino político del ex ministro Burgos parecía escrito, su falta de peso específico dentro de la configuración del comité político y el infranqueable embate del eje progresista de la Nueva Mayoría terminaron por acotar su margen de acción en el campo político del Gobierno, a un cúmulo de declaraciones cruzadas tanto con la Presidenta como con líderes del oficialismo.

Cada declaración de Burgos en los 13 meses de su gestión, podía ser leída como la expresión de un grito contenido o como la simple resignación frente a la imposibilidad de incidir a través de acciones políticas concretas; ahí donde realmente se hace política, no en los cuerpos de reportajes ni en los puntos de prensa en palacio.

El fracaso de la empresa política de Burgos resulta evidente por el  hecho de que sólo será recordado por sus esporádicas desavenencias y sus exabruptos verbales contra quienes realmente ejercen el poder en la Nueva Mayoría. Bastaron un par de días para que éstas continuaran desde Londres, ya no como ministro, pero sí como un político con evidentes atisbos de frustración, más que de cansancio.

Frustración no sólo por el trato recibido, sino que también por la labor desempeñada. De coordinación y conducción de la coalición, de manejo del orden público y la seguridad ciudadana y de control de la situación respecto del Conflicto Mapuche, poco y nada. La razón ya ha sido expuesta: el renunciado Ministro nunca logró ser un primus inter pares (un primero entre sus pares del gabinete ministerial). Burgos no fue más que un actor dentro de una deliberada puesta en escena de moderación, gestada por el equipo comunicacional de la presidencia, que como ha ratificado el propio Burgos, ex post a su renuncia, es también su equipo político.

Pero recordemos el momento político del ascenso de Jorge Burgos, el “realismo sin renuncia” puso el tono para la generación de un posterior expectativa de cambio y moderación respecto de un impulso reformista desbordado, con la subsiguiente corrosión de las condiciones para el dialogo político. Sin embargo, en el contexto del “realismo sin renuncia”, la moderación de Burgos quedará en la retina, como un valioso intento (quizás sacrificial) por hacer prevalecer el realismo, pero que, paradójicamente, terminó con su propia renuncia.

Corresponde también señalar que la claudicación de Burgos es un reflejo del fracaso de las lógicas centrípetas frente a la preminencia de las dinámicas centrífugas en nuestro sistema político. En simple, de un momento a otro, los incentivos dejaron de estar puestos en el centro, sino que en el posicionamiento en los ejes extremos del arco político, valga la anterior reflexión tanto para el mundo de la centro izquierda como de la centro derecha.

Pero la inquietud respecto del reemplazo en Interior surge por la apuesta de la Presidenta Bachelet de ratificar o más bien consolidar un desafecto con la DC -ya son tres los ministros del interior DC removidos en sus dos periodos: anteriormente fueron Andrés Zaldívar y Belisario Velasco- al nombrar a un hombre de una línea política similar a la de Burgos, aunque con una visión más estatista en el plano económico. ¿Estará  dispuesto el nuevo Ministro del Interior Mario Fernández a ser un actor secundario en el reparto del Ejecutivo, como lo fue Burgos? Hay elementos tanto de su biografía como de su carisma político que hacen prever menor docilidad y  mayor pericia política que la de su predecesor. El peor escenario para el Ejecutivo ad portas de un ciclo electoral decisivo, como son las elecciones municipales, sería el de un deja vu de la situación de Burgos en el nuevo diseño político; sería la cristalización definitiva del fracaso de la Nueva Mayoría.

La mayor lección política de la renuncia de Burgos pasa por comprender que en el Ministerio del Interior no se requieren liderazgos adaptativos, sino que se demandan liderazgos resolutivos y Mario Fernández podría darle esa impronta al gabinete.

 


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