Una educación del siglo 21

Una educación del siglo 21

No hay foro ni experto educativo que discuta hoy que los sistemas educativos están en crisis. Eso no significa sumarse al coro pesimista que desconoce los enormes esfuerzos y logros que han tenido en América Latina, y Chile particularmente, en los últimos 30 años.

Hemos crecido sustancialmente en cobertura, hemos mejorado las condiciones de la infraestructura, los sueldos de los docentes, la calidad de la alimentación escolar, la disponibilidad de recursos educativos, incluidos los textos escolares y el acceso a tecnología, hemos aumentado el tiempo en las escuelas y los años de escolaridad.

Todos estos enormes esfuerzos (y recursos invertidos en ello) han sido fundamentales, e incluso indispensables, y muchos de ellos requieren seguir creciendo. Sin embargo, han sido insuficientes para producir cambios en los resultados de aprendizaje. Estudio tras otro nos muestra las enormes brechas que tenemos pendientes para ofrecer a los estudiantes un aprendizaje de calidad, pertinente, conectado con sus intereses y con las necesidades de la sociedad del siglo 21.

Y en esto consiste la crisis, en que las viejas respuestas no alcanzan para responder las nuevas preguntas. ¿Cómo educar en un mundo global e interconectado, en el que nuestros estudiantes están mayoritariamente conectados mediante dispositivos móviles que los acompañan a todas partes? ¿Cómo enseñar en un mundo en que prácticamente todos los contenidos necesarios están disponibles en la web, a un click de distancia, y con cientos de opciones, algunas más confiables que otras? ¿Cómo mantener en las escuelas a niños, niñas y jóvenes, cuando la experiencia que viven allí no tiene nada que ver con las experiencias interactivas, dinámicas, ricas y complejas que les ofrecen los juegos en línea, las series de televisión o los videos en Youtube?

"Las reformas educativas en Chile se han concentrado hasta ahora en seguir mejorando las condiciones que están alrededor de las escuelas. Pero no podemos seguir eludiendo que la batalla por la calidad de la educación, esa que todos esperamos ganar, ocurre dentro de la sala de clases"

La crisis de la educación es una crisis del currículo (¿Qué es lo significativo que la escuela debe enseñar a los estudiantes que pasan por ella, en cada etapa?) y una crisis de la enseñanza (¿Cuáles son las metodologías apropiadas que hagan del aprendizaje una experiencia interesante e importante para los estudiantes?).

Hoy lo que tenemos es, por una parte, un currículo sobrecargado de materias y temas, estructurado en asignaturas estancas y desconectadas. Solo imagine que el currículo chileno puede proponer hasta 20 objetivos curriculares en cada una de las 10 asignaturas que en promedio propone. Es decir, 200 objetivos curriculares a ser cubiertos en 180 días de clases. Así, no hay espacio para la flexibilidad, la adaptación ni la innovación pedagógica.

Tal vez por eso, surgen con creciente interés iniciativas que se proponen modificar las prácticas educativas en el aula, de manera que los docentes puedan proponer a los estudiantes experiencias más ricas, más participativas y colaborativas, que conecten mejor con sus expectativas, y que los conecten con el mundo y su comunidad, en lugar de aislarlos.

Las Redes de Tutorías, implementadas en Chile por la Fundación Educación 2020, son un ejemplo notable por tratar de poner en ejercicio estas metodologías, en escuelas diversas. El aprendizaje basado en proyectos, que colegios como Dunalastair y otros están impulsando en sus aulas. Esfuerzos de “clase invertida”, en donde los alumnos deben estudiar las materias en casa, con apoyo de plataformas tecnológicas, y la clase es un taller donde poner en práctica el conocimiento. La preparación de los docentes para hacer retroalimentaciones efectivas. El uso de herramientas de aprendizaje virtual, que enriquezcan y complementen la experiencia presencial en la sala de clases. 

Todos estos esfuerzos, y muchos otros, contribuyen a una educación no sólo más activa, sino también más personalizada. Las herramientas tecnológicas y redes que hoy están presentes en la mayoría de nuestras escuelas, facilitan diferenciar las experiencias de aprendizaje, de manera de acompañar más cercanamente a cada estudiante según su ritmo y sus necesidades.

Las reformas educativas en Chile se han concentrado hasta ahora en seguir mejorando las condiciones que están alrededor de las escuelas. Pero no podemos seguir eludiendo que la batalla por la calidad de la educación, esa que todos esperamos ganar, ocurre dentro de la sala de clases. Y eso significa focalizar la política pública y la acción de escuelas y colegios, en ofrecer un currículo para el siglo 21, con metodologías apropiadas a estudiantes del siglo 21. Esta debiera ser la tarea principal del próximo Gobierno, y de cada miembro de la comunidad educativa, comprometidos con nuestros niños, niñas y jóvenes. 


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