Fascinación por lo nazi
Opinión

Fascinación por lo nazi

Cada cierto tiempo surgen documentos o hallazgos que despiertan en nosotros lo que ya sería honesto asumir como una fascinación por lo nazi. Esta semana ocurrieron dos hechos bastante espectaculares en torno al fenómeno. En Buenos Aires, en un barrio cercano a donde en su momento se ocultaron Adolf Eichmann y Josef Mengele, la policía, que andaba tras piezas de arte chino de contrabando, dio con 75 objetos que fueron diseñados para difundir y consolidar la ideología nazi en Alemania. Muy dados al culto de la imagen y a la propagación de una simbología semi esotérica, los nazis crearon en torno al Tercer Reich una elaboradísima estética, que iba desde la arquitectura pública hasta los utensilios menores, como esas armónicas para muchachos que se ven en las fotografías de la colección de Buenos Aires, armónicas que no le deben haber resultado ajenas a Josef Ratzinger, el Papa alemán que fue miembro de las Juventudes Hitlerianas.

Entre otras piezas descubiertas –como corresponde al caso, novelesco hasta la médula, las reliquias estaban escondidas en una habitación secreta, cuya puerta de entrada se ubicaba detrás de un estante de libros–, figuraba una especie de compás que el New York Times, víctima de la misma fascinación aludida, no dudó en calificar como un medidor de cabezas: los nazis practicaban la craneometría para establecer el origen racial de las personas. Sin embargo, el objeto no era tal, sino que se trataba de un aparato para afinar la puntería de los morteros.

El día jueves, la Policía de Investigaciones de Chile desclasificó una primera partida de documentos pertenecientes al mítico Departamento 50, la primera unidad de inteligencia de la policía civil. Parte de las obligaciones del Departamento 50 consistía en desbaratar las redes del espionaje nazi, expandidas por todo el continente. El máximo logro de la unidad fue desarticular una conflagración de saboteadores “que operaban en Valparaíso y cuyo objetivo final era nada menos que la destrucción del Canal de Panamá”, según informa la página web de Investigaciones. Pronto sabremos los pormenores de esta operación. Tiempo atrás tuve en mis manos la fotocopia de un documento oficial, en donde el entonces presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, le dedicaba un elogioso saludo a Adolf Hitler. Ignoro si el documento proviene o no de los archivos de la PDI. 

Sergio Moreira, un gran amigo ya muerto, conoció de cerca a Walther Rauff en Porvenir, la capital de Tierra del Fuego. A Rauff, como se sabe, se le culpó por la muerte de medio millón de personas en Auschwitz, pero fue imposible extraditarlo a Alemania y murió en Santiago en 1984. Ni siquiera las gestiones de Simon Wiesenthal, el famoso caza nazis, dieron fruto: Wiesenthal se reunió con el presidente Salvador Allende en 1971 para doblarle la mano a la Corte Suprema, pero fracasó en el intento. Moreira contaba que a Rauff le gustaba emborracharse con cerveza y pisco y que admiraba a Pinochet. Era un tipo alegre, despreocupado, bueno para la fiesta, alguien que jamás demostró pavor alguno a enfrentarse a la justicia, ya fuese humana o divina. Lo más perturbador del asunto es que Rauff aparentaba ser un buen hombre. No dejaba ver ni una sombra del horror que cargaba en la memoria. Lo mismo decían de Eichmann sus vecinos del barrio de Beccar en Buenos Aires.

Avanzo por estos días en una lectura alucinante: Blitzed: Drugs in Nazi Germany (algo así como “Embriagado: drogas en la Alemania nazi”), del periodista alemán Norman Ohler. “El Nacional Socialismo fue tóxico, en el más puro sentido del término. Le dejó al mundo un legado químico que nos afecta hasta hoy día: un veneno que se niega a desaparecer”, escribe Ohler al principio del libro. Se refiere a la metanfetamina, sustancia que, bajo la apariencia de una pequeña píldora llamada Pervitin, los nazis promovieron en todos los estamentos de la sociedad alemana, ello a pesar de aquel establecido discurso puritano e hipócrita que execraba las depravaciones asociadas al consumo de alcohol y drogas, vicios propios, por supuesto, de las razas inferiores.

Mucho se ha escrito acerca de que Hitler era vegetariano, casto y abstemio, pero ahora, tras la evidencia suministrada por Ohler, hay que sumar otros ingredientes a la dieta monástica del Führer: metanfetamina, barbitúricos, cocaína, esteroides, hormonas sexuales y una forma temprana de OxyContin, un opioide al cual hoy en día, dicho sea de paso, son adictos millones de estadounidenses que votaron por Donald Trump. La fascinación por lo nazi, asumo desde ya, alcanzará un nuevo éxtasis con la investigación de Ohler.  


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