Brasil: Itinerario de una caída
Opinión

Brasil: Itinerario de una caída

La biografía del parlamentario que protagonizó el episodio más pintoresco del proceso de destitución de Dilma Rousseff es un ejemplo muy didáctico sobre los vicios de la política brasileña que ahora tendrá que administrar el nuevo gobierno de Michel Temer.

Waldir Maranhao era un desconocido hasta que hace unos días asumió la presidencia de la Cámara Baja, tras la decisión judicial de remover del cargo a su antecesor por corrupción. En su primer acto intentó anular la votación favorable al juicio político contra Dilma Rousseff. La maniobra duró pocas horas, lo suficiente para dar a conocer el currículum de su autor, que está lejos de ser una excepción a la regla.

"Dilma Rousseff cayó en gran parte porque no contaba con dos herramientas que Lula dispuso en abundancia: talento político excepcional y gran suerte con el ciclo económico."

El diputado es un veterinario del empobrecido estado de Maranhao. Desde que entró a la política, en 2007, ha pasado por cuatro partidos y responde ante la justicia por dos acusaciones de lavado de dinero, entre otras denuncias. Ha sido aliado del conservador ex Presidente José Sarney y ahora lo es del actual gobernador regional, afiliado al Partido Comunista.

Después de su fallida maniobra, se difundió que esta la había acordado con su jefe político y asesores de Rousseff, a cambio de apoyo para su candidatura a senador. También salió a la luz que su hijo, un médico que estudia y trabaja en Sao Paulo, recibe todos los meses un sueldo equivalente a unos 2.000 dólares como funcionario del Poder Judicial de Maranhao, a más de 2.000 kilómetros de distancia.

El sistema político brasileño, bautizado de "presidencialismo de coalición", es tierra fértil para ese tipo de personajes.

Desde la redemocratización del país, a mediados de los 80', ningún presidente ha logrado elegirse con mayoría en el Congreso, por lo que está obligado a negociar apoyos con el fin de obtener mayoría parlamentaria para aprobar sus proyectos. Son alianzas donde a veces lo que menos importa, cuando importa, son acuerdos sobre el programa de gobierno. Es algo que va mucho más allá del tradicional reparto de cargos, propios de cualquier sistema democrático donde se ceden cuotas de poder a cambio de respaldo político.

Actualmente están representados en el Parlamento 23 partidos, varios de ellos "siglas de alquiler", como se denomina a las colectividades cuya finalidad es obtener ventajas para sus afiliados a cambio de sus votos. Esa lógica ayuda a entender que Dilma Rousseff haya llegado a tener 39 ministerios y que a nadie le extrañe que algunos parlamentarios salten de un partido a otro como quien se cambia de fondo mutuo.

Nadie puede acusar a Lula o a Dilma Rousseff de haber inaugurado esos procedimientos. Fernando Henrique Cardoso -quien gobernó Brasil entre 1995 y 2003- también heredó esas reglas y las usó para aprobar una enmienda constitucional que le permitió reelegirse. Muchos de quienes respetan a Cardoso como estadista estiman que su mayor pasivo es haber usado su capital político en obtener otro mandato en vez de empeñarse en aprobar una reforma para erradicar los vicios del sistema político.

¿Por qué si sus antecesores gobernaron con esas reglas ahora le costaron el cargo a Rousseff?

La respuesta más común es que gracias a un Poder Judicial empoderado se inició un proceso de limpieza inédito que terminó por pasarle la cuenta al gobierno del PT, que antes de llegar al poder alardeaba honestidad y después se corrompió a una escala gigantesca.

Eso es solo parte de la historia. Una parte importante, pero una parte.

Es verdad que nunca las elites habían recibido el peso de la ley como ahora. Decenas de empresarios y líderes políticos que antes tenían buenas razones para considerarse intocables se encuentran detenidos y se han visto obligados a confesar gracias a la ofensiva judicial. En ese proceso ha jugado un rol clave un instrumento que antes no estaba al alcance de los jueces y ha sido eficaz en todas las latitudes: la delación compensada.

Pero en su primer mandato, Lula había logrado sobrevivir a otra enorme embestida de la Justicia, que sacó a la luz el pago institucionalizado de coimas a parlamentarios por parte de su gobierno y terminó por descabezar a todo su círculo de hierro.

Lula, en realidad, hizo mucho más que sobrevivir. Logró obtener un segundo mandato por amplia mayoría y, además, convertir en su sucesora a Dilma Rousseff, una tecnócrata inexpresiva antes de ser nombrada jefe de gabinete.

Muchos de quienes votaron ahora en contra de Rousseff en el juicio político, incluyendo a varios de sus ex ministros, fueron fieles aliados de su primer gobierno. Las cosas se complicaron cuando se destapó el escándalo de Petrobras. Pero lo que la terminó hundiendo fue la crisis económica,  agravada por el manejo populista de las finanzas públicas que realizó su gobierno para lograr ser reelegida. Llegó a su segundo mandato con una economía con respiración artificial y a poco andar su popularidad se estacionó en el 13%.

Dilma Rousseff selló su destino porque no contaba con dos grandes herramientas que su mentor y antecesor dispuso en abundancia: talento político excepcional y mucha suerte. Lula sorteó los escándalos de su gobierno gracias a su enorme muñeca política pero también porque le tocó comandar un período de bonanza económica, cuando los precios de los productos de exportación de Brasil llegaban a las nubes y The Economist ilustraba su portada con el Cristo Redentor despegando como un cohete. Como el crecimiento económico sumado a elogiados programas sociales disminuía la pobreza - y además aumentaba los dividendos de las empresas - la corrupción dolía menos.

Si la caída de Lula significaba una indeseable tormenta política que podría comprometer el crecimiento económico, la de Rousseff pasó a ser vista por la gran mayoría como la única salida a frente a una profunda crisis ética y de gobernabilidad que impide poner en orden la economía.

Otra diferencia entre ellos es que Dilma Rousseff es considerada una persona honesta en lo personal (la acusación contra ella es por haber maquillado las cuentas públicas, lo que en rigor es una práctica común). Las evidencias que se han acumulado contra Lula en términos de ventajas personales ilícitas, en cambio, son muy serias.

Brasil es un país mucho más estructurado de lo que hoy puede parecer y con grandes fortalezas que le han permitido superar numerosas crisis a lo largo de su historia. Hay consenso de que el primer y urgente desafío de Michel Temer es legitimarse ante la ciudadanía y volver a establecer la confianza de los mercados para enfrentar una crisis económica de proporciones.

No será, por lo tanto, el momento de incomodar a aliados en el Congreso.

Cuando logre estabilizar su economía, sin embargo,  Brasil tendrá que encarar la tarea de llevar a cabo una reforma política necesaria para convertirse en la democracia moderna que sus ciudadanos aspiran.

En lo inmediato las peleas de los principales protagonistas de la crisis serán otras.  Temer, visto con desconfianza por una ciudadanía que lo vincula con los vicios de la clase política, luchará por obtener una legitimidad que no le han dado las urnas. Lula tendrá que lidiar en dos frentes complicados: mantenerse a salvo de la cárcel y, si lo logra, viabilizar su candidatura presidencial para fines de 2018. Dilma, como ella misma lo anticipó en vísperas de la votación del Congreso, es ahora “una carta fuera del naipe". 


Lo más visto en T13