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Reflexiones por 5-0: ¿Valió la pena que jugara Vidal?
Opinión

Reflexiones por 5-0: ¿Valió la pena que jugara Vidal?

Empelotada y satisfecha, mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus… Con esa sensación me levanto esta mañana sabatina, en que a la alegría del triunfo se suman las “reparaciones” del post partido.

Desperté a los 9 de la mañana con un hachazo de alto pánico (anoche bebí, sí, pero no saqué ni conduje mi Ferrari, porque la junta fue en casa) y con la decisión inclaudicable de preferir de aquí a la eternidad la cerveza sin alcohol.

En ese estado, me puse manos a la obra.

El 5-0 duró 90 minutos, pero yo me pasé dos horas y media recogiendo vuvuzelas, gorros tricolores, puchos, botellas, vasos y platos sucios, servilletas amuñadas, huesos chupados, cuescos de aceitunas, restos de maní, migas. Después tuve que barrer el piso, pasar la aspiradora, limpiar la cocina, lavar la loza, sacar la basura... O sea, 150 minutos ordenando el estropicio provocado, por una horda de fanáticos, familiares y amigos, que hoy brillan por su ausencia.

Así, entre una y otra cosa,  me fui empelotando y perdiendo la sensación satisfactoria del triunfo.

Mi marido salió temprano, ataviado en su horrorosa tenida deportiva, con una sonrisa de lado a lado de la cara,  a ponerse en forma, según dijo. Forma de pelota, digo yo, porque con estos partidos regados y comidos de la Roja de Chile, está cada vez más redondo. De colaborar, ni un atisbo.

Los cabros duermen y probablemente sigan así hasta que tipo dos de la tarde les dé hambre y empiecen a demandar almuerzo. Los amigos se fueron de madrugada en una van con chofer que arrendaron -el Vidalazo quizás tenga el efecto virtuoso de concientizar a los primates en el “si toma, no maneje”-, y la productora ejecutiva del evento; es decir, yo, debe asumir los daños colaterales.

Mientras lo hago, reflexiono: ¿Qué habría pasado si no juega el Rey de los lesos? ¿Cómo se habrían dado las cosas si el pequeño argentino de la parka gris, Sampaoli, hubiese castigado al infractor, al irresponsable, al que pone en riesgo a los demás, da un patético ejemplo, daña la imagen del país y del equipo, y luego lloriquea para aminorar su delito? ¿Cuál habría sido el score sin la participación de Arturo Vidal, el que, de acuerdo a la “chispeza” de su amigo “Alersis” debió dejar el culo en la cancha, para reinvidicarse tras su falta, pero jugó un puro tiempo y sin mayor brillo? En suma: ¿Valió la pena bancarse a morir por él?, usando nuevamente la trasandina jerga del “Niño Maravilla?

Alentada por el ulular de la aspiradora, me convenzo de que no habría hecho diferencia en el resultado, pero habríamos quedado bien parados éticamente, y no como unos maquiavélicos, que justifican cualquier medio con tal de no perder o de clasificar. Hubiéramos hecho lo correcto. Habríamos satisfecho la diáfana lógica de niños como Samuel, el chico de 6 años que en video le dijo al Rey “cómo un hombre de la selección puede ser tan torpe. Estuvo feo, feo lo que hiciste, Arturo Vidal. Cómo manejas tu Ferrari, borracho”?

Al hacer lo que está bien y no lo que sirve, habríamos impedido la subida por el chorro -y esto sí que me empelota- de casi todos los políticos a los que me ha tocado oír defendiendo la impresentable actitud de Sampaoli al no tocar ni con un pétalo de rosa a su Rey torpe.  Y lo hacen por dos razones asquerosas: populismo, buscando caerle en gracia a la hinchada más básica y cuaternaria, y llevar agua a su propio molino, generando así el ambiente para que sus oscuros enjuagues financieros, su dudosa relación con empresas relacionadas con las materias que votan en el Parlamento, tengan un perdonazo similar al que le dio  Sampaoli a Vidal. Qué empelotamiento máximo. Ni el 5-0 me lo quita.


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