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Trump se apoyó en su hija Ivanka para mostrarse como candidato preocupado por los derechos laborales de las mujeres.
Opinión

Trump: el fin de una era

El Presidente electo de los Estados Unidos no es un tipo antipático, misógino, de cabellera risible, famoso por su actitud maltratadora en un programa de telerrealidad. Y su triunfo no es una anécdota graciosa de los Simpsons, ni el día afortunado del empresario que con los años transita a la política (Piñera, Berlusconi).

Donald Trump, un especulador, un buscapleitos compulsivo sin experiencia en gobernar nada pero avezado en los códigos del rating, es ahora la cabeza de la superpotencia. Su ascensión al poder es el evento más importante a nivel global en varias generaciones.

¿Por qué debemos preocuparnos?

Trump es impredecible. No tiene formación ni trayectoria alguna en asuntos públicos ni en política exterior, defensa o seguridad. No cuenta con consejería apropiada (un ejemplo basta: su asesor en materias internacionales es una persona que salió de la universidad hace tres años y que en cualquier Cancillería sería un consejero del más bajo rango).

Trump es impulsivo. En su búsqueda frenética de aprobación popular -fundada en la idea de que puede restaurar a su país a una posición de mayor poder sólo usando su sentido común- ha dicho barbaridades que quiebran vigas fundamentales no sólo de la democracia de su país, sino del sistema internacional. Si su campaña es la base para juzgar el futuro, Trump ha regularmente incitado a la violencia política, a la xenofobia y a la supremacía racial blanca.

Se ha comprometido a prohibir a todos los musulmanes -1.6 billones de miembros de una religión entera- el entrar a Estados Unidos. En su gobierno no sólo se construiría un muro anti migración en la frontera con México, sino que habría deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados, que afectarían como mínimo a 11 millones de personas, que serían buscadas por un Estado policial, organizado para estos fines como si se tratase de lidiar con una plaga de ratas y no con seres humanos. Son múltiples las promesas de la campaña de Trump que vulneran derechos fundamentales de carácter universal.

Trump -está comprobado- miente constantemente a su electorado al punto de la sedición. Hace años que utiliza su lugar en los medios para poner en duda públicamente la legitimidad del actual Presidente para gobernar el país, sobre la base de dar pábulo a una mentira (sostener, sin evidencia, que Barack Obama no sería estadounidense de nacimiento y que por lo tanto ocupa su cargo violando la Constitución).

Trump ignora lo que son los valores mínimos del diálogo democrático, como la igualdad ante la ley o los derechos humanos: por eso no los respeta. Para posicionarse como un duro, ha dicho que le "encanta" la tortura, y que la traerá de vuelta.

Frente a todo esto, el hecho que Donald Trump ponga en entredicho el libre comercio a nivel global, o incluso el acuerdo global alcanzado con tanto esfuerzo para luchar por el cambio climático es, simplemente, un detalle. Su elección es un peligro para el mundo y nos recuerda que la democracia, la libertad, los derechos humanos, y el multilateralismo como herramienta para la paz no pueden darse por sentado, que son frágiles, y que su defensa deber ser vocal, no sólo en aulas académicas sino en los medios -la misma cancha donde juega este populismo que pone en riesgo el orden mundial que, pese a todas sus debilidades, ha evitado una nueva guerra mundial hasta ahora.

El orden internacional liberal basado en la libre circulación de personas, bienes y servicios se rechaza porque se percibe como causante de la pérdida de trabajo e identidad, y se culpa de ella a la élite. Este orden internacional sólo puede salvarse si se humaniza y reforma, partiendo por un reconocimiento de sus desventajas y de las injusticias que ha creado, y se articula un diálogo con las grandes audiencias que hoy falta y que creó el espacio que hoy Trump ocupa y que imitadores en otros países intentarán copar.

Las grandes audiencias, que no perciben los beneficios de la globalización, están empujando el péndulo de la historia hacia el proteccionismo. Pero inflamar el sentimiento nacionalista no es gratis. Así comienzan las grandes guerras.

Que tal oscuro prospecto no se haga realidad significará que medios, políticos y académicos, esta élite a la que hoy se le pega un portazo de descontento, revalúe sus responsabilidades en la defensa de valores básicos que hoy están en entredicho. 

Es momento de estar atentos.


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