Miguel Ángel Aguilera, alcalde de San Ramón.
Opinión
Juan Manuel Vial Juan Manuel Vial
Periodista

Batopilas y la brutal decadencia del PS

Batopilas es un pueblito en apariencia encantador, situado en la misma sierra de los indios tarahumara que en su momento recorrió Antonin Artaud en busca de iluminación, al fondo de un profundo cañón que se pierde en la inmensidad montañosa del sur del estado de Chihuahua. A partir del siglo XVII, Batopilas vivió una bonanza económica espectacular gracias a las riquísimas minas de plata que allí existían. Fue, de hecho, el segundo lugar de México que contó con luz eléctrica, pero la prosperidad duró hasta el 1900 y hoy en día es un villorrio pobre, pintoresco para quien posea el ojo indicado y con una población de 1.200 almas. Hace 15 años, cuando lo visité, Batopilas era un destino poco accesible, apenas recibía forasteros y los servicios que ofrecía eran precarios. Los indígenas se mostraban corteses, amistosos con el caminante solitario y bastante confiados al hablar: casi todas las personas con las que crucé palabras me informaron sin necesidad de mayor indagación que vivían del cultivo de la marihuana, que se daba muy bien en la zona, y que, debido a su extraordinaria calidad, de la que por supuesto doy fe, era muy apreciada en Estados Unidos.

En consideración a la singular belleza que lo rodea, Batopilas fue declarado “Pueblo Mágico” por el gobierno mexicano en 2012. La denominación forma parte de una estrategia de las autoridades turísticas para promover sitios de características especiales o sencillamente únicas. El esfuerzo gubernamental fue meramente declarativo, por cierto, puesto que la vida de los batopilenses no mejoró en lo más mínimo tras el honor. De hecho, el destino del enclave ya estaba zanjado desde hacía tiempo y no guardaba relación alguna con el flujo de visitantes ni con la revitalización del turismo: Batopilas es un municipio que en rigor no forma parte del Estado mexicano, dado que allá las leyes, los usos y las costumbres las dictan los narcos.

Localidades como Batopilas hay muchas en México, eso lo sabemos todos, pero si menciono el tema es porque, en más de un sentido, el caso de Batopilas evoca la situación actual de la comuna de San Ramón y la vergonzosa decadencia del Partido Socialista. En un abrir y cerrar de ojos, tras un ligero descuido del gobierno federal, Batopilas se convirtió en feudo narco, y hoy por hoy ya no es la marihuana el cultivo favorecido en la zona, sino la amapola, la flor de la heroína y de los opioides. No es casualidad, ciertamente, que Estados Unidos sufra en estos precisos instantes la peor crisis de opiáceos de las últimas décadas, tanto así que todos están a la espera de que el presidente Trump le otorgue cuánto antes el carácter de emergencia nacional a esta epidemia.

Batopilas, lo dije al principio, es un lugar hermoso, cautivante en su decadencia, y si bien muchos de los edificios que en algún momento fueron parte de fastuosas haciendas lucen hoy bastante derruidos, al paseante ocasional no le resultará difícil recrear en la imaginación la atmósfera de opulencia ida que aún flota fantasmal por aquel paisaje memorable. El símil con el otrora orgulloso Partido Socialista chileno no es tan forzado como podría parecer en un principio, sobre todo si nos concentramos en dos palabras clave: decadencia y derruidos. 

La ignominia de no haber expulsado del partido a Miguel Ángel Aguilera, el alcalde socialista de San Ramón que mantiene vínculos con el narcotráfico, viene a ser un hecho grave, sin duda, pero al mismo tiempo revela una irresponsabilidad suicida que ya se percibía desde hace rato en el PS. Recordemos que Aguilera renunció a la colectividad antes de ser “expulsado”, con lo cual la pantomima montada por el Tribunal Supremo pasó a ser derechamente grotesca. Y, claro, entre otras cosas, uno se pregunta: ¿qué clase de directiva articula la farsa aberrante de expulsar a un sujeto que ya había abjurado públicamente de su militancia, mismo sujeto, dicho sea de paso, a quien los mandamases intentaron mantener a toda costa bajo el alero del partido hasta el último minuto? ¿Estaremos realmente hablando del mismo PS de Clodomiro Almeyda, de Carlos Altamirano, de Camilo Escalona, de Juan Gabriel Valdés? Me temo que no.

Pocas veces un partido crucial en la historia política chilena decayó tan rápido y con tanto estrépito. Quienes creímos que al nominar a un candidato presidencial como Alejandro Guillier, un tipo dudoso por donde se le mire, el PS ya se había sumergido hasta el fondo de la porqueriza, que ya no podía caer más bajo en lo que a traición y falta de visión política se refiere, estábamos equivocados. La directiva socialista, todo así lo indica, tiene unas ganas locas de seguir sorprendiéndonos.