Chismes desde Washington
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Opinión
Juan Manuel Vial Juan Manuel Vial
Periodista

Chismes desde Washington

Dejé Washington, ciudad en la que viví por años, muy poco antes de que Donald Trump asumiera como presidente. Y ahora que acabo de regresar a pasar unos días en calidad de turista, me percato de que en apariencia todo está igual. Salvo la gente, por supuesto, que aquí subsiste en un estado de permanente enervamiento: desde enero, Trump ha provisto religiosamente, dos o tres veces por jornada, un sinnúmero de declaraciones y arrebatos capaces de sobresaltar a cualquiera. En consecuencia, los washingtonianos están más adictos que nunca a las noticias de la televisión por cable, mientras que el Washington Post pasa por su mejor momento periodístico en décadas, ello también gracias al presidente. Por decirlo de algún modo, Trump no deja descansar ni un minuto a sus conciudadanos.

La nueva atmósfera de Washington se percibe en las calles. La guardia del Servicio Secreto que vigila la Casa Blanca, por ejemplo, es definitivamente menos amistosa que antes. Se ve que actúan bajo una tensión y un sentido de la paranoia que antaño no dejaban en evidencia. Allá fuimos un viernes de noche a sacarnos la fotito de rigor. Pese a que en el lugar penaban las ánimas, la vereda frente a la residencia presidencial estaba clausurada. Una novedad, las barreras de concreto que ahora abundan en el centro de la ciudad. Nos acercamos lo más que pudimos, procedimos con las fotos y sin que mediara provocación ni movimiento en falso –créanme: nadie quiere hacerse el toni frente al Servicio Secreto–, un agente de voz intimidante nos pidió que retrocediéramos hasta la vereda opuesta. Un segundo después se encendieron varios focos cegadores ubicados en los jardines de la Casa Blanca, con lo cual el asunto pasó a ser una amenaza exagerada tratándose de sólo un par de peatones.

"Se sabe que al presidente (Trump) lo enfurecen las faltas de respeto a la autoridad divina que él anhela irradiar"

En Dupont Circle, una de las plazas más concurridas de la capital, hay una colosal figura inflable de Donald Trump caricaturizado como una rata de mirada torva. Se sabe que al presidente lo enfurecen las faltas de respeto a la autoridad divina que él anhela irradiar, pero la caracterización puede ser simplemente un guiño local de impensado valor simbólico: nomás cae la noche, tanto en Dupont Circle como en el resto de la ciudad, salen de su madriguera los miles y miles de guarenes que por generaciones han contribuido a que Washington sea hoy en día una de las urbes con más ratas del país, sólo superada por Chicago y Nueva York, en donde habitan millones de personas. Aquí sólo viven 672 mil individuos, aunque un antiguo chiste hace hincapié en que hay que considerar a los miembros del Congreso como parte de la población de roedores.

No lejos de Dupont Circle, en el elegante barrio de Kalorama, el paseante puede detenerse en dos sitios de interés, separados por apenas una cuadra y media: la casa del ex presidente Obama, cuya calle de acceso está bloqueada por el Servicio Secreto, y la mansión de Ivanka Trump y su marido Jared Kushner, el consejero presidencial. Si bien es difícil acercarse y ver con claridad la morada de los Obama, rodear el hogar de la hija de Trump no cuesta nada. El lugar parece estar deshabitado –¿será que Ivanka y su familia son huéspedes permanentes de la Casa Blanca?– y está flanqueado por una decena de cipreses secos, lo que ciertamente contribuye a la impresión de abandono.

"La catástrofe de Texas dejó en evidencia, una vez más, la falta de empatía del mandatario con el ciudadano común y corriente"

La semana que termina fue dura para Donald Trump. La catástrofe de Texas dejó en evidencia, una vez más, la falta de empatía del mandatario con el ciudadano común y corriente. Mientras Houston literalmente se hundía bajo un aguacero sin precedentes, Trump, ignorando el lado humano de la tragedia, tuiteaba comentarios de índole meteorológica. Poco antes, cuando el huracán Harvey recién comenzaba a ser una amenaza real, el presidente decidió que era el momento ideal para concederle un indulto a Joe Arpaio, el muy corrupto y racista ex sheriff del condado de Maricopa. La gente, les dijo Trump a sus asesores en la Casa Blanca, se pondrá a hablar del huracán y el perdonazo a Arpaio pasará desapercibido.

Algo así ocurrió, por cierto, claro que a una escala que nadie predijo. En los días previos al desastre natural más oneroso en la historia de Estados Unidos, Trump firmó un decreto que permitía la construcción de viviendas en los pastizales aledaños a Houston, mismos pastizales que de no haber sido arrasados por las inmobiliarias hoy en día facilitarían el drenaje de la ciudad inundada. Por razones obvias, casi nadie habla en estos momentos del cambio climático en la capital de Estados Unidos. El dilema que plantea la situación de Houston es demasiado apremiante como para distraerse en otros temas. Anochece y una rata sube a saltos una escalera del Meridian Hill Park. Los inviernos más suaves, que son consecuencia del calentamiento global que Trump y buena parte de los republicanos se empecinan en negar, explican el alarmante crecimiento de la población de roedores en Washington.