El festival de los porros
Opinión
Juan Manuel Vial Juan Manuel Vial
Periodista

El festival de los porros

Dos hechos recientes, claro que de distinta catadura, permiten presumir que hoy en día a los políticos se les exige más que al resto de los ciudadanos. Por un lado está el caso de Javiera Parada: chocó mientras manejaba bajo la influencia del alcohol y el Frente Amplio, aquel grupito que se jacta de ser progresista, dictaminó quitarle su cupo a diputada a través de un acto de moral puramente estalinista. Parada es, sin duda alguna, la más capaz entre sus pares. Y luego tenemos el traspié del senador Manuel José Ossandón, quien demostró en un programa de televisión la sorprendente amplitud de su ignorancia. El circo ardió en las redes sociales, aunque el daño tangible del episodio sobre su campaña presidencial todavía está por verse.

"En el festival de los porros, no esperemos toparnos con encarnaciones de Cicerón ni de Churchill"

Sospecho que a los partidarios de Ossandón no les interesan mucho los acuerdos climáticos de París ni el matrimonio entre parejas homosexuales. Tampoco los ofende esa actitud de porro recalcitrante del senador, que, muy suelto de cuerpo, llegó y se sentó frente a varios entrevistadores tenaces sin siquiera haber estudiado la materia. El episodio suscitó inesperadas memorias de patio escolar, partiendo por un chiste fome pero pertinente: “quien nada sabe, nada teme”.

Ahora bien: si lo recién dicho fuese verdad, si a los simpatizantes de Ossandón les da lo mismo la ignorancia del candidato, no sería entonces el votante común y corriente el que les exige a los políticos un comportamiento ejemplar y cierto manejo de conocimientos básicos. La historia cercana de Estados Unidos corrobora lo poco que pesan los atributos mencionados entre las masas que concurren a votar. Allá vimos cómo dos verdaderos asnos de feria se encumbraron hasta las más altas posiciones del poder. Sarah Palin partió siendo elegida gobernadora de Alaska y terminó de candidata a vicepresidenta del Partido Republicano. Y todos sabemos adónde llegó la bestia deshonesta de Donald Trump

Entre quienes más festinaron los deslices de Ossandón figuraban sus correligionarios de la derecha, en especial los partidarios de Piñera. La situación es un tanto paradójica, puesto que en este país, históricamente hablando, la derecha ha demostrado ser dueña y principal cultora de la ignorancia. Tomemos como ejemplo a un personaje emblemático y más o menos reciente: Augusto Pinochet aseguraba que le encantaban los libros, llegó a tener una biblioteca fenomenal, de más de 55 mil ejemplares, y en cierta ocasión admitió ante una periodista que todas las noches, religiosamente, leía 15 minutitos antes de caer rendido.

¿Desde cuándo que los políticos han de ser modelos de virtud o dechados de sabiduría? Yo no tengo muy claro ese cuento de que los políticos del pasado, según pregonan los nostálgicos de cualquier cosa, eran arquetipos de honestidad o ejemplares de vasta y admirable cultura. Hay excepciones, por supuesto, pero para convertirse en político, tanto ayer como hoy, no se requiere ninguna habilidad excepcional. Las virtudes tampoco sirven. Hasta hace poco, Alejandro Guillier era considerado “el hombre más verosímil de Chile”. ¿De qué le valió esa medallita que en su momento le colgamos en la pechera? Le fue útil para ganarse un puesto en el Senado y una magnífica jubilación, cierto, pero el candidato sigue estancado en las encuestas y cada vez que abre la boca deja ver parte importante de su esencia: una nulidad capaz de sonreírle a la cámara con decoro.

Por lo general, tiendo a guardar cierta desconfianza de la gente que no lee. Y en cuanto a las virtudes personales de los servidores públicos, estimo que pertenecen a la esfera de lo privado. Considerando la situación actual, lo máximo que se les puede pedir a nuestros candidatos presidenciales es que elijan bien al ministro de Hacienda y que le concedan la independencia necesaria para que actúe de acuerdo a sus conocimientos y sus pálpitos. El resto es hablar leseras: en el festival de los porros, no esperemos toparnos con encarnaciones de Cicerón ni de Churchill.